miércoles, 20 de julio de 2011

ARGENTINISMOS
















Por Martín Caparrós




«No nos importan las críticas, no nos importan los agravios, no nos importan las calumnias, porque ¿quiénes son los que agravian, los que difaman, los que calumnian? Son aquellos que nunca hicieron nada, que cuando les tocó hacer algo no lo hicieron, por incapacidad y por impotencia, hasta diría yo por cobardía. Yo les puedo dar la más absoluta certeza de que los que hemos asumido la responsabilidad de incursionar en la política y hacer una realidad de esos sueños a través de la utopía, así vengan degollando no nos vamos a apartar de la huella, y no nos vamos a fugar del gobierno. A nuestro pueblo le quedan dos opciones este mes de octubre: o votar para atrás y volver a la época de la guitarra y de las falsas promesas, o votar para adelante, que es esta realidad, esta Argentina que crece, que se proyecta, que se desarrolla.»

Era una cena placentera, tan normal. Junio de 2008; en pleno conflicto campestre, Margarita y yo comíamos con dos parejas de amigos de siempre —décadas de cariño. Charlábamos, hasta que alguien dijo algo sobre el tema del momento. Entonces T. —llamémoslo T.— me miró y dijo que mejor no habláramos de eso: yo sé lo que pensás, me dijo, yo pienso distinto, nos vamos a pelear. Yo le dije que cómo no íbamos a hablar, que éramos amigos, que siempre habíamos hablado; él insistió que mejor no; yo le dije que si dos amigos no podían intercambiar opiniones políticas todo estaba perdido. Tenía sentido —parecía que tenía sentido— y T. terminó por aceptarlo. Así que nos pusimos a debatir el asunto del campo; él apoyaba con ardor al gobierno, yo no. Media hora más tarde estábamos a los gritos, insultos, enojos espantosos. Nos dijimos cosas feas; no volvimos a vernos.
Poco a poco, ese tipo de situación se nos hizo lugar común y pasó a tener un nombre propio: la palabra crispación se hizo frecuente en el idioma de los argentinos. La palabra crispación encierra muchas cosas: la decisión de un gobierno que pensó que enfrentar era una buena táctica de poder, la tozudez de una oposición que suplió la falta de ideas e iniciativas con la crítica a mansalva, la confusión de ciertos discursos y relatos y, sobre todo, situaciones como aquélla: peleas entre parientes, entre amigos, entre pares, enfrentamientos a los que las opiniones políticas proveyeron una violencia inhabitual, inesperada.
Hemos perdido —si es que alguna vez la tuvimos— la capacidad de debatir. Se agravia, se amenaza, se putea en arameo, pero es muy difícil discutir alguna idea. Gente con la que tantas veces estuve de acuerdo ahora me odia; cuando quiere ser amable me trata sólo de traidor. Gente que respeto ve en este gobierno cualidades que no consigo percibir ni un poquitito. Gente que no respeto en absoluto le critica aspectos que yo también criticaría —y entonces reviso mis críticas. Me gustaría tanto —me aliviaría tanto— poder estar a favor de alguno de ellos, saber dónde está el bien y dónde el mal. La vida es mucho más fácil cuando uno sabe dónde está el bien y dónde el mal. En busca de esa facilidad la gente se hace religiosa, patriota, hincha de fútbol.
Por eso me descubro añorando subir a esos banquitos, perorar con verdades, libertades, grandes palabras de alguna moral. Los envidio —de verdad los envidio—: quién pudiera tener esas certezas más o menos férreas, más o menos ciegas. Es tan bueno tener certezas, saber cómo es el mundo, poder catequizar —y ser coherente con lo que uno dice. Y es tan buen negocio tener certezas: podés venderlas bien en el mercado de certezas —los medios, la verdulería, los empleos, las prebendas— y siempre hay gente que te quiere por tus certezas, lo firmes, lo bien expresadas, lo valientes que son.
Yo no lo logro, últimamente, y me desespero más porque no quiero situarme en el medio, no quiero pensarme neutral, templado, calmo; al contrario, me gusta embarrarme, embanderarme. Lejos de mí postular que hay dos demonios y que quiero mantenerme equidistante. No quiero, y además en este caso creo que hay uno solo, el mismo tipo de demonio: unidades de negocios y poder que se pelean por un solo queso a gritos de principios. Y que, encima, te miran con odio o con pena si no apoyás sus argumentos, si no te alineás del lado donde, sin duda, anida la verdad justo antes de lanzarse en proceloso vuelo. No es mentira, no es ironía barata: de verdad me gustaría ser uno de ellos. Mi vida, palabra, sería mucho más fácil.
O, en su defecto, desentenderme: decidir que la política es definitivamente una basura para basureros, que a mí qué me importa, que yo igual me las rebusco más o menos bien y que se cuelguen todos del sauce más florido. Pero tampoco puedo: hay algo en mi formación, supongo —y en la formación de miles y miles de argentinos, espero— que me haría sentir alguna especie de canalla si lo hiciera. Así que sigo interesándome, tratando de entender, recibiendo cachetazos varios.

Me siento, en síntesis, colgado del pincel —y sospecho que nos pasa a muchos, estos días. Yo, al menos, suelo descubrirme dolido y perplejo. Dolido por la violencia de esos enfrentamientos, por la rapidez con que el insulto reemplaza cualquier argumento. Perplejo, porque no entiendo por qué tanto.
No descarto la necesidad de la violencia como desgraciado instrumento de la historia. Más adelante voy a tratar de discutirlo pero, en síntesis, creo que hay cambios que no se pueden hacer sin enfrentamientos, porque todo cambio social y económico supone que haya sectores que perderán parte de lo que tienen —sus privilegios, su dinero, su capacidad de dictar las leyes y las normas— y no suelen resignarlo sin pelear. Los cambios importantes han requerido siempre cierta dosis de violencia; es una lástima, pero los hombres todavía no hemos inventado otra manera. Lo que no entiendo, en este caso, es tal enfrentamiento por tan poca cosa. Tanta pólvora, tan tristes chimangos.
Sobre esa situación anómala, esa aparente contradicción, quiero pensar en estas páginas. No quiero contar pequeñas historias de curros o engañitos. Quiero tratar de pensar. Por suerte, no siempre me sale. Pero creo que vale la pena intentarlo, equivocarse, intentarlo otra vez.

El formato de este libro es casi simple: voy a explorar las palabras que, estos últimos años, ocuparon buena parte de la escena, para pensar qué dicen esas palabras que se nos fueron haciendo cotidianas con un sentido que no es el que solía. Son palabras que se han vuelto argentinismos: progresismo, modelo, lagente, política, campo, democracia, derecho sumanos, peronismo, relato, militancia, kirchnerismo, futuro, Él, trucho, setentismo —y varias más: quiero tratar de saber qué decimos cuando decimos lo que decimos. Indagar en esos sentidos nuevos —intentar armar con ellos un panorama de la Argentina actual— es la trama que sostiene estas páginas. Donde el peronismo actual —el llamado kirchnerismo— ocupa mucho espacio por las razones obvias: es lo más decisivo que pasó en la Argentina en los últimos años. Si me intereso tanto menos por su oposición más institucional —peronistas varios, radicales, boquipapas— no es porque los sienta más cercanos sino, más bien, porque no creo que valga la pena dedicarles mucho tiempo.
Dudé mucho en escribir este libro, que seguramente no convencerá de nada a nadie. Imagino que los que estén de acuerdo encontrarán argumentos que los reafirmen, el alivio del reconocimiento; los que no, supongo, buscarán los patinazos que puedan servirles para descalificarnos —al libro y a mí. Está claro que ésta es una de esas veces en que la situación política de un país se transforma en algo demasiado personal para demasiadas personas —y yo entre ellas.
Por eso quiero aclarar, antes que nada, desde dónde hablo. No hay nada más incómodo que tener que explicar la propia posición, pero aun así quiero decir que yo fui uno de esos que tuvimos que dejar la Argentina mientras el matrimonio Kirchner hacía buenos negocios, de esos que criticábamos al peronismo de Menem mientras el matrimonio Kirchner y su gobierno peronista hacían buenos negocios, de esos que trabajábamos para recuperar la historia reciente mientras el matrimonio Kirchner prohibía en su capital marchas de las Madres.
Y quiero decir que nunca voté peronista —lo cual significa que no voté al doctor Luder, que no voté al doctor Menem, que no voté al doctor Duhalde, que no voté a los doctores Kirchner—; que nunca tuve un cargo público; que nunca recibí dinero de ningún grupo político. Y —disculpen que lo diga— que he dejado por lo menos una docena de empleos pero nunca escribí nada que no pensara, que no pudiera sostener. Me incomoda decirlo, pero últimamente no se puede dar nada por sentado.
Por eso vale la pena parar y pararse, pensar qué es lo que uno piensa. Sé que estoy perplejo. Pero, además, estoy molesto, inquieto, irritado: me persigue la sensación de que algo está muy mal en la Argentina y que mucha gente muy respetable se resiste a verlo.
No lo ven, y entonces dudo de lo que creo que veo. El kirchnerismo es, para mí, una cura de humildad. Cuando era muy chico e intentaba ser revolucionario y peronista, con perdón, siempre había algún viejo —¿treinta, cuarenta años?— zurdo aguafiestas que venía a decir que el peronismo era la forma en que los patrones argentinos más inteligentes o más temerosos habían desviado y desarmado las reivindicaciones obreras para que no amenazaran al sistema capitalista. Yo, por supuesto, entendía que el pobre tipo no entendía la historia y lo miraba por encima del hombro con desdén y un poco de cabreo. Ahora, muy a menudo, me siento como aquellos viejos, y no siempre me gusta. Y peor: si el peronismo de izquierda era una versión descafeinada, mistificada de los grandes movimientos obreros, el kirchnerismo aparece como una versión mistificada, descafeinada de aquel peronismo: reflejo del reflejo, degradación platónica.

Pero, mientras lo pienso, me perturba la sensación de que hay algo importante que me escapa y me escapa. Este libro es el efecto de esa perplejidad que no se rinde, el resultado de una incomodidad que no me suelta: por qué no consigo apoyar a un gobierno que, aparentemente, hace ciertas cosas que yo apoyaría —y que, incluso, llevo años esperando.
La clave, creo, está en la palabra aparentemente. No recuerdo en la Argentina un gobierno que pusiera más distancia entre el discurso y la práctica. Lo creo, pero a menudo dudo: me pregunto si hay cosas que no consigo ver y que justifican el hecho de que todas esas personas que respeto —y todas esas que no, faltaba más— estén convencidas de que el kirchnerismo es un movimiento que vale la pena apoyar. Entonces vuelvo a dudar —y, ahora, lo hago en público. No soy neutral; nunca lo fui, no quiero serlo. Tengo ideas, sólo que trato de desconfiar de ellas: de ponerlas a prueba. Entre las cuatro o cinco cosas que defiendo, la duda tiene un lugar central: reivindico sin dudar la duda como forma de conocer el mundo. Si algo del «setentismo» realmente ha vuelto en estos años, es el imperio de la afirmación tajante. No sólo entre los supuestos setentistas; también entre sus adversarios más o menos liberales. Yo, insisto, reivindico la duda: por eso este libro es, en última instancia, un panfleto dudoso, una búsqueda porfiada de las preguntas pertinentes.
***

1

DEMOCRACIA

sust. fem. sing., argentinismo: régimen político basado en la entrega del supuesto poder ciudadano a un pequeño grupo de especialistas altamente desprestigiados, llamados políticos. Se sostiene en un mito que pretende que el pueblo gobierna porque una vez cada tanto vota por esos políticos, transformados en candidatos de quienes nadie espera que cumplan lo que prometen.
En la Argentina, la democracia tal como la practicamos —la democracia realmente existente— se instauró en 1983. La historia oficial querría convencernos de que fue el resultado de una tremenda presión popular en su favor —las «luchas por la recuperación de la democracia»— y solemos creerlo. Los mitos tienen la capacidad de imponerse a las evidencias: todos sabemos que los militares de la dictadura tuvieron que retirarse porque se equivocaron en sus decisiones económicas y militares: de no haber sido por sus tablitas y su guerra de Malvinas, quién sabe cuántos años habrían durado en el poder. Su retirada, de todos modos, parecía razonable: sus matanzas habían garantizado que el poder de sus patrones no se vería amenazado y que ya no eran necesarias sus armas para sostenerlo: que un régimen más tolerante podría funcionar sin peligros para los más ricos. Porque, a través de esas matanzas, los militares habían acabado con buena parte de los que podrían cuestionar ese poder —militantes y, sobre todo, militantes sindicales—, y habían creado un clima de miedo que no se disiparía rápidamente. Es probable que, aun así, habrían preferido quedarse un tiempo más. Pero los ricos argentinos fueron enormemente ingratos con sus mejores servidores y —a diferencia de los chilenos, por ejemplo— una vez hecho el trabajo sucio los dejaron caer.
Esa mezcla de errores, deber cumplido e ingratitud abrió las puertas al «retorno de la democracia» —y ese retorno también es semimítico. En todo caso, nunca estuvo muy claro desde dónde volvió, dónde había estado. Entre 1930 y 1983, la Argentina tuvo muy poca democracia: en esos 53 años hubo sólo dos elecciones según las reglas, y las dos tuvieron lugar en gobiernos peronistas que intentaban reelegirse, noviembre de 1951 y septiembre de 1973 —y las dos llegaron al mismo resultado: las ganó el general Perón con el 62% de los votos. Las demás, contadas, elecciones fueron un festival de fraudes y/o exclusiones. El resto fueron golpes y gobiernos militares.
Y sin embargo, la instauración democrática de 1983 sigue llamándose «retorno de la democracia». En esa descripción está la base de la idea: la democracia no es una elección, no es una de las opciones posibles; es la condición de base, la esencia de nuestra forma de gobierno, que existe más allá de que exista: cuando no está en acto es porque alguna excepción la ha suspendido, pero sigue vigente, latente. Hasta que vuelve.

Cuando llegó la democracia, muchos argentinos esperaban grandes cosas de ella. Fueron esas elecciones que un candidato alfonsinista pudo ganar repitiendo que «con la democracia se come, se educa, se cura». Era conmovedor. La democracia equivalía a justicia social, a vida digna: la política era, entonces, el instrumento para acceder a esas delicias.
Y después, poco a poco, empezamos a ver que la democracia no producía nada de eso. En realidad, estos veintiocho años de democracia son la historia de cómo fuimos aprendiendo que esa frase no era cierta. Y más aún: que su política económica se parecía demasiado a la que habían llevado adelante los dictadores y que, por lo tanto, sus efectos sociales eran semejantes pero cada vez peores. Los militares habían empezado un trabajo; los políticos democráticos lo continuaron sin mayores cambios. Tenían mucho que hacer: transformar un país donde el Estado y una muy relativa equidad social garantizaban alimentación, salud, educación, vivienda, empleo, en una selva donde los pobres se morían de pobreza. En 1975 había 26 millones de argentinos, y un millón de ellos eran pobres, el 4%. En 1997 éramos 37 millones y 9 millones de pobres, el 26%. En 2010 somos 40 millones y hay 12 millones de pobres, el 30%. Para que ese proceso fuera tolerado por la población había que acabar con lo único que podría oponerse: la actividad política.
Los militares habían sentado las bases del trabajo; los políticos de la democracia lo completaron. El golpe fue, durante décadas, la forma de reafirmación del poder de los ricos argentinos cuando se veían amenazados. En los ochenta y, sobre todo, en los noventa, comprobaron que la tarea de los militares de los setenta había sido tan eficaz que ya no precisaban esos sobresaltos: la democracia de delegación les daba la posibilidad de gobernar y hacer todos los negocios que querían sin que ninguna oposición amenazara sus posiciones.

De dónde, una definición: democracia es un argentinismo que significa algunas cosas y, sobre todo, no significa tantas otras. Como bien dice Perogrullo —y muchos se resisten a creerle— democracia no quiere decir igualdad social, no quiere decir repartición de la riqueza, no quiere decir justicia para todos, no quiere decir comida para todos, no quiere decir salud para todos —o no necesariamente. Hay algunas sociedades democráticas donde hay algo de eso, y hay cantidad de sociedades muy democráticas donde no, porque democracia no significa eso: la democracia es una forma de gobierno, que se puede usar para estructuras socioeconómicas diversas.
La democracia, en principio, sólo garantiza ciertas libertades básicas: la libertad de expresión, la libertad de circulación, la libertad de delegar el poder de los ciudadanos a unos representantes nombrados en elecciones. Eso no la hace ni mejor ni peor: es lo que es. Como quien quisiera criticar al pinche guacamole de Chihuahua porque no sirve para pintar las paredes de los escuelas rurales misioneras. Digo: la democracia es una forma de organización de la participación ciudadana en el poder, una forma de contrato político que regula el funcionamiento de un gobierno y los derechos del Estado y de sus súbditos. No es una decisión sobre la justicia o injusticia de que algunos tengan todo y otros nada, que unos coman y otros no, que unos vivan y otros menos. Pero la confusión insiste: se habla de la democracia como si la democracia fuera todo eso —o al menos una buena parte. Y la pobre no es. Sobre todo: no es un fin —porque define muy poquito—; puede ser —si lo es— un medio para obtener otras cosas. Aquellas que no es, sin ir más lejos.

Así, la democracia se fue convirtiendo en una rutina desesperanzada: un mecanismo para decidir lo mismo que decidían los dictadores pero sin represión. «Mi estupidez avanza» —escribí, confesional, en abril de 2003. «Tardé años y años en entender que tenían razón los muchachos del norte cuando decían que le debíamos la democracia al modelo neoliberal. Y eso que la operación fue bastante sencilla.
»Los militares primero, sus continuadores liberales después, se cargaron el Estado argentino: destruyeron su capacidad de regular la vida política y social, entregaron su poder de decisión a los deudores externos y los ricos nacionales, regalaron sus empresas y recursos. Achicar el Estado es agrandar el país, decían, convencían. Así que consiguieron un país que debió llegar a ser enorme y un Estado que pasó a valer —casi— nada, en términos de poder real.
»Por eso pudieron entregar el miniestado a personajes poco confiables, por un lado, y a los —muy relativos— azares del voto, por otro. Hasta los años setenta, cuando el Estado era la llave del poder en la Argentina, los ricos lo defendieron con uñas y dientes: golpes, matanzas, proscripciones. Después pasó a importarles mucho menos. Achicar el Estado quizá no fuera agrandar el país, pero sí consolidar la democracia: total, no importa quién gobierne ese aparato devaluado. El verdadero poder no está por esos lados.
»La democracia es un lujo que pueden darse porque el gobierno gobierna muy poquito. En la peor de sus hipótesis, si una fuerza hostil se apoderara del Estado sería muy poco lo que podría hacer con él. La democracia latinoamericana es un producto del neoliberalismo: el desdén por un aparato de Estado que el programa liberal dejó liliputiense. La verdadera política —las decisiones verdaderas— están en otra parte.»
Que es una forma de preguntarse cómo se inventa una democracia que sirva para ejercer algún control —decidir algo— sobre los poderes mundiales relamente existentes. Cómo se adapta —si es que puede adaptarse— un mecanismo que corresponde —y mal— a un período en que los estados nacionales tenían cierto poder de decisión. Ahora, mundo globalizado, empresas mayormente extranjeras, flujo de capitales, bancos internacionales, los estados pobres deciden muy poquito. La democracia tal como la conocemos está cada vez más lejos de poder manejar esas variables; los ciudadanos, que ni siquiera manejan esta democracia, ya ni siquiera pueden hacerse la ilusión de que manejan las decisiones que, a su vez, manejan sus vidas.

A la democracia, además, le falta una de las grandes ventajas de las dictaduras: que permiten el consuelo de extrañar la democracia, la esperanza de que en democracia todo va a ser mejor. En democracia, en cambio, uno de los argumentos principales para defenderla es el miedo a esa dictadura. Es, sobre todo, el recuerdo del horror el que ha hecho de la democracia un tótem indiscutible: nuestra religión cívica. Es difícil vivir sin certezas absolutas, sin un valor incuestionable, sin alguna convicción definitiva —dicen que en algo hay que creer. El problema de las certezas absolutas es precisamente ése: que son certezas, que son absolutas, o sea: que obturan la posibilidad de pensarlas, la posibilidad de revisarlas. Y en general lo que nos impide pensarlas, revisarlas es el miedo.
Es triste pensar desde el miedo —pero es lo más frecuente: el miedo siempre ha sido uno de los grandes motores de la reflexión. No hay nada más humano que el miedo: si algo nos distingue de otros animales es esta asombrosa capacidad de prever y, por lo tanto, de temer. El miedo a la muerte, el miedo al sinsentido, el miedo a la inmensidad tan oscura y ajena han producido algunas de las mayores construcciones de la cultura humana: las religiones, tanta filosofía. El miedo, está claro, nunca ha sido zonzo —así que tira brutas piedras y esconde sus manos. El problema es cuando se ve la hilacha en sus tejidos.
—Ya le dije, qué bueno que tenemos democracia.
—¿Ah, sí, por qué?
—Y, porque tenemos democracia.
—¿O sea?
—¿Cómo, todavía no entendió? Porque no tenemos dictadura.
Para eso sirve también recordar los horrores: para recordarnos que debemos pensar la democracia en función de la dictadura, que no debemos compararla con ella misma sino con el espanto que la precedió. O sea: para convencernos de seguir pensando desde el miedo de ese horror y, por lo tanto, mantener que cualquier cosa va a ser mejor que aquello.
Así se construye el culto de la democracia, único dios. Ese miedo es uno de los efectos más fuertes, más eficaces de la represión militar de hace treinta años: instalar en la famosa Memoria (véase «Setentismo», pág. 79) la idea de que cualquier tentativa distinta es peligrosa, la idea de que no hay otra opción que el capitalismo con delegación política o, dicho de otro modo: esta democracia de delegación. Para eso sirvieron, también, aquellos crímenes: para convencernos de que preguntar, cuestionar, dudar es peligroso —y que mejor conformarse con lo que hay. Es la función primera, fundante, del Factor Dictadura —pero, por supuesto, no la única.
—Pero usted vio lo que fueron los otros sistemas. Un desastre. ¿Qué quiere, que seamos como Rusia? Ya sabe: puede que la democracia no sea buena, pero todos los demás son peores.
—¿Y usted cómo lo sabe? ¿Usted conoce todos los demás?
—Claro, cómo no los voy a conocer.
—Nadie puede conocer lo que no existe.
Ésa es la otra parte del truco: convencernos de que hay que comparar con lo que conocemos. Lo que hizo que la humanidad cambiara un poco a través de los últimos diez mil años fueron esos nabos que compararon con lo desconocido: con la imaginación, con los deseos. Si no fuera por esa actitud estaríamos muy cómodos rumiando pterodáctilo a la piedra en el living de la caverna 26. O, con suerte, seríamos súbditos del rey de España y su metrópolis y nos la estaríamos pasando bomba pipa.
Abundan los que citan, supuestamente, a sir Winston Churchill, duque de Marlborough, último gran imperialista británico: dicen que dijo que «la democracia es mala, pero no hay ningún régimen mejor». La trampa sofista es evidente. Lo mismo podría haber dicho Séneca, un suponer, en Roma, año 64: el esclavismo es feo pero no hay nada mejor. O Pascal, París, 1650: la monarquía absoluta tiene sus problemas pero no hay nada mejor. Y habrían tenido razón, probablemente: no había, en cada uno de esos momentos, nada mejor. Lo que los dejó atrás —lo que hizo que los hombres ya no fueran propiedad de otros, o que un solo hombre dejara de tener derecho de vida y muerte sobre todos los demás por la gracia de Dios— fue la convicción de que esos regímenes eran peores que otros que todavía no se conocían, que sólo podían, entonces, ser imaginados, ser buscados.

En la Argentina, la democracia de delegación produjo el período presidencial más largo de nuestra historia, el de aquel candidato que ganó elecciones prometiendo una revolución productiva y pudo terminar la destrucción del aparato productivo, de la red de transportes, de la educación y la salud públicas, y dedicarse a la venta del patrimonio —agua, petróleo, aviones, teléfonos, energía— acumulados por generaciones de argentinos. Y produjo, como reacción, el desastre de la Alianza. Los progres argentinos —muchos de los que después se entusiasmarían con el kirchnerismo (véase «Progresismo», pág. 241)— habían votado a uno de los animales más contrahechos de esa larga historia de contrafácticos que es la política patria. Sus representantes, ensoberbecidos por un par de pequeños triunfos electorales, impacientes por llegar al gobierno sin tomarse el trabajo de construir una opción y un programa de gobierno, decidieron unirse a un abogado católico conservador en una fórmula electoral que sólo aparecía cohesionada por la promesa de una gestión «honesta» frente a la corrupción menemista: fue un gran momento de eso que algunos llamamos «honestismo» (véase pág. 169).
El gobierno de la Alianza duró dos años, y en ningún momento se entendió qué estaba haciendo. El doctor De la Rúa se había encaramado con la promesa de acabar con el peronismo de los noventa a través de una administración honrada y razonable, y había terminado perdiendo a su segundo Álvarez en una corruptela y convocando al primer neoliberal Cavallo para conducir la economía y, corralito mediante, había regalado a los bancos el dinero de millones. Y para colmo había intentado, en su manotazo de ahogado borrachín, recuperar el control matando a docenas de argentinos. Lo sabemos: tras su fuga tragicómica vinieron los cinco presidentes, la sarta de errores y mentiras, el desastre económico, la sensación —devenida certeza— de que ninguno de los supuestos representantes representaba más a nadie. Y todo era un caos: eran los días en que nadie sabía qué pasaría unos meses más tarde, en que Ezeiza rebosaba de fugitivos que escupían antes de dejar la patria «para siempre», en que la circulación económica parecía a punto de ser reemplazada por el trueque, en que más de la mitad de la población había caído bajo la línea de pobreza.
Llegó entonces el gran sobresalto de la democracia argentina. Por primera vez en casi dos décadas, el miedo a la alternativa dejó de tener sentido: de pronto, en esos días de enero, pareció que nada podía ser mucho peor que lo que había. Veinte años de delegación habían producido un país al borde del abismo. Con la democracia no se comía, no se curaba, no se educaba. Y el fenómeno era —con sus variantes—continental: en esos días, una encuesta del PNUD —Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo— decía que el 54,7% de los latinoamericanos «apoyaría a un régimen autoritario si resolviera sus problemas económicos». (Aunque aquella encuesta, como todos los discursos públicos democratistas, dividía al mundo posible en democracia y dictadura, sin plantear ninguna otra posibilidad: otra vez la misma trampa. Cuando una encuesta o un debate propone la dicotomía entre dictadura y democracia está tratando de establecer que no hay otras opciones. Que esas dos posibilidades son todo el universo. Y yo creo que las dos son grados de la misma idea: que el poder se delega, que el pueblo no gobierna ni delibera sino a través de quienes lo representan más o menos, por elección o por imposición: que la delegación del poder es la base de todo el mecanismo.)
La encuesta también decía que el apoyo a la democracia era mayor entre las capas «con más educación» —los más ricos, los que pueden permitirse el lujo de elegir un régimen político a partir de sus convicciones y no de su pancita. En cualquier caso, en la Argentina, la crisis se presentó sobre todo como el hartazgo frente a esa forma de la delegación, frente al engaño de sus políticos, frente a la idea de ser representados por representantes que sólo se representaban a sí mismos.

Recuerdo esos días tan extraños en que miles y miles cantaban que se vayan todos —siendo todos, por supuesto, todos los políticos— e imaginaban que estaban imaginando otras formas de vivir en un país. Eran días sorprendentes, intensos, en que muchos nos equivocamos pensando que estábamos a punto de algo nuevo. Yo, en mi error, llegué a armar un libro que se llamaba Qué País, donde postulaba que lo más importante de esa agitación era que habíamos recuperado la vieja pregunta por el país que queríamos, por el futuro. Y no de un modo teórico, sosegado, sino por mera necesidad: porque veíamos cómo se hundía el que teníamos, y era indispensable tratar de pensar otro (véase «Futuro», pág. 378).
Fueron los días de miles y miles en la calle, los días de las asambleas, de la inquietud de millones que veían que su país se derrumbaba, y sus vidas con él; los días de la inquietud de unos pocos que habían hecho muy buenos negocios en esos años democráticos, y que empezaron a temer lo que podría pasar si el tótem se caía. Durante unos meses, los poderosos argentinos intentaron todas las formas posibles de recuperación de su lugar: de su poder. Era obvio que tendrían que conceder un poco: el clamor era demasiado fuerte como para ignorarlo.
Sabemos que las experiencias diferentes de esos días no llegaron muy lejos. Ahora podemos pensar la crisis de 2001 como la versión local de ese formato inaugurado por la caída del Muro, en que una comunidad decide sacudirse un régimen sin tener un proyecto de reemplazo. No es una revolución sino una revuelta: el estallido sin más programa que acabar con un poder y «recuperar» unas libertades supuestamente perdidas, sin más precisiones. Un estallido que después deja en otras manos el manejo del resultado del vacío que acaba de crear —como pasa, estos días, en Túnez, en Egipto, en el resto de África del Norte.
Entonces, el intento asambleario no funcionó por varias razones: primero, supongo, porque nadie sabía bien cómo hacerlo; después, porque los pequeños partidos de la izquierda más conservadora se empeñaron en copar la novedad y reducirla a sus viejos esquemas; y, con el transcurso de los meses, porque los argentinos mostramos una vez más que somos impacientes y levemente frívolos y, al no ver resultados inmediatos, perdimos el interés por el asunto. O, mejor: nos asustamos y empezamos a buscar un papá bueno, uno que no fuera como todos, o sea: a creer que el problema no era el mecanismo de la delegación sino las personas en las que delegábamos. Que toda la culpa, una vez más, era del chancho o, mejor dicho, la piara.

jueves, 14 de julio de 2011

La ducha fría de la realidad




La Guerra Cultural de Fito, Galasso, Forster, Andrés Rivera, Horacio González y Aníbal.

                                                                                             


“Perder no es grave, el problema es la cara de b…que te queda”.
Vernet



Tío Plinio querido,
Como jefe de campaña de Macri, el cantante Fito Páez resulta más competente que Aníbal, El Premier.
Pero aparecen, de pronto, dos competidores. El novelista Andrés Rivera y el historiador Norberto Galasso. Para defenderlo.
Al asco que siente Fito, hacia la mitad de los porteños que cometieron la atrocidad de votar a Macri, debe sumarse la pena conmovedora que siente Norberto Galasso. Por la misma mitad. Asco más pena.
Se suman, también, los firuletes argumentales del crítico-funcionario Horacio González. Resultan tan inquietantes como las vacilaciones elaboradas del pensador Ricardo Forster.
Después de haberse dado la ducha, indeseablemente fría, de la realidad, ambos -González y Forster- merecen ensayar el consuelo espiritual.
Las líneas inspiradas que emanan, tío Plinio querido, del dramatismo de otra Carta Abierta.
Para esclarecimiento del sector decente de la sociedad.
Lo de Andrés Rivera, en cambio, es menos desopilante que el asco de Fito, el “moderado”, y la pena de Galasso.
Es una barbaridad teórica.
Para interpretar la debacle de Filmus, sostiene Rivera que Buenos Aires se encuentra “atravesada por el fascismo”.
Resulta perdonable tanta incomprensión del fascismo.
Rivera le falta -al fascismo-, el respeto.

Los indignados
Se asiste, tío Plinio querido, a los primeros escarceos de una Guerra Cultural. Provocada, unilateralmente, desde el bando de los indignados.
Una manga de presentables, intelectualmente frívolos. Se muestran indignados. Como los que se amontonaron en la Puerta del Sol. España.
Nuestros indignados fueron sólo vencidos en una pugna electoral.
No soportan, ni digieren, las imágenes del triunfo democrático del adversario. Las toman como ofensivamente burlonas. Insultantes. Humillantes.
Es la reacción hormonal, sin contención, de los indignados, ante el espectáculo eufórico de la victoriosa “ideología a-ideológica
Los kirchneristas, cristinistas, o meramente antimacristas, que se enojan, deberían recordar aquella máxima del filósofo positivista J.M. Vernet:
“Perder no es grave, el problema es la cara de b…que te queda”.

El error de la derrota
El error de la derrota es claramente perceptible, tío Plinio querido, en el rostro triste de Filmus. El Psicobolche Nostálgico.
Pero Filmus exhibió una reacción infinitamente más racional. Aguantó el deseo de descalificar a los porteños, que se equivocaron por no votarlo.
Tampoco reaccionó del todo mal Tomada, El Enternecedor. Apenas elaboró tonterías conceptuales.
Aunque se les notara, en los entresijos de la mirada grave, que se los habían roto.
Con virulencia, a los dos. Con la explícita crueldad de los votos.
Con generosidad de criterio, deben entenderse las manifestaciones negacionistas. Son espejos de la impotencia.
La sorpresa, por la inesperada diferencia abrumadora, fue fuertemente impactante.
Los 20 puntos de distancia se convirtieron, tío Plinio querido, en goleada.
Los kirchneristas entrañables. Los cristinistas gratificados. O los antimacristas por principios, creyeron, lícitamente, en el escenario que les plantearon, con apasionamiento romántico, los combatientes abnegados del Frente Encuestológico para la Victoria.
Pilare
s, tío Plinio querido, de la sociología estomacal.
Así como existe el poeta comprometido, o los cantantes comprometidos con los contratos de la transformación (Fito, Teresa, León o Victor), persiste, también, el sociólogo fervorosamente comprometido con la militancia en el Frente Encuestológico para la Victoria.

Biorritmo
La imagen de Mauricio, con su baile amarillo, resultó intolerable. Indigesta, para los indignados.
Entre globos de colores y saltos de barra brava. Con María Eugenia y Horacito. Con los réprobos Cristián y El Colorado.
Fueron imágenes lo suficientemente agresivas. Legitimaron que los defensores del “modelo” estallaran.
A pesar de todo conviene apostar, estratégicamente, por la indulgencia colectiva. Sin impulsar fusilamientos. Linchamientos. En la Guerra Cultural.
De última, las arcadas, la sensación de asco que confesó Fito, nunca podrán atenuarse con el triunfo de Filmus, en la ilusoria segunda vuelta.
Basta, técnicamente, para salir del paso y disolver el asco, con el recurso de la Hepatalgina.
Co
n treinta gotas de Reliverán.
La reacción, orgánicamente hormonal, de los Fitos, es una consecuencia. Ninguna causa.
Tiene que ver con la adquisición, al contado, del discurso transformador que el kirchnerismo les vende.
Las causas debieran hurgarse entre las estrategias berretas que marcan, en conjunto, los verdaderos “mariscales” de la derrota de Filmus.
Carlitos Zanini, el Ñoño, el Lopecito sin magia. Y Cristina, la abuela dulce del “Vestidito negro”.
La realidad de la caída se impuso, tío Plinio querido, con la impresión de una ducha muy fría. Agua helada sobre los cuerpos excitados. Tibios.
Dígale a tía Edelma que se tiene que anotar, con la Otilia -cada vez más fatal- en la onda cotidiana del biorritmo.
Le marcan, con rigor, los tres niveles del funcionamiento.
El nivel intelectual, el físico, y el emotivo.
El biorritmo, dígale, acierta siempre. Si se prende lo va a tener, en su correo, gratis. Cuando arranca el día.

Jorge Asís Digital


lunes, 16 de mayo de 2011

El Río Spring


¡No!, pará, dejame que te cuente, esto no es joda, no es falsa literatura, esto es así, tal cual te lo cuento; pero si te vas a parar, si estás apurado y no tenés tiempo, está bien, andá nomás, rajate gil de goma; si no podés no podés, pero no sabés la que te perdés. Dale, sentate, no te hagás el artista y escuchá, son diez minutos en los que te vas garcar de la risa, ya vas a ver, no quiero recordar al Riojano, no te vas a arrepentir…


Por Washington Cucurto*


El río se llama Spring o algo así, mirá que fui muchas veces a Berlín, pero jamás me enteré que había un río, con una playa medio artificial, la huevada. Pero no importa, porque el lugar era increíble, imaginate diseñado por los alemanes, solo ellos son capaces de mandarse estas arquitecturas naturales en medio del frío. Si no te la cuento no te la imaginás ni en pedo, al lugar lo podías poner al lado de una playa brasileña, una playa escondida de Mar del Plata o el Caribe, de pronto Monte Hermoso, si querés, ponele. Dale, llamalo al mozo y pedile una Báltica bien helada, la cerveza de los marineros, porque sabés que a esta cerveza la inventaron los marineros de las cantinas de La Boca. Después de agarrarse una curda de aquellas, meaban en las botellas y gritaban ¡Báltica! Y ahí quedó, te estás tomando pis de marinero. ¡Pero qué deliciosa que es!

Pero no nos vayamos por la tangente, la historia es otra. Estábamos con mi amigo Edy (Edmundo) un tarijeño capo total, muy imaginativo, muy fresco, lleno de humor, un lindo tipo que te empuja para arriba. Yo siempre digo, nos quedamos cortos al abreviarle el nombre. En vez de decirle Edy, deberíamos haberle llamado Mundo. Señor Mundo, porque es lo que mas se acerca a su personalidad. Bueno, tampoco importa Edy si no fuera porque tiene una novia gringa, bien gringa, la Aerodinámica, le dice; imaginate “la Aerodinámica” y con eso te digo todo. Servite y poné en mi vaso también, pibe, pero sin espuma, eh. Y acá viene lo mejor, es decir acá vienen las minas, porque lo mejor en los cuentos siempre son las minas. Si contás un cuento sin minas es como si contarás un partido de fútbol sin goles o te masturbaras sin películas porno. En cambio si hay una mina o dos, todo cambia, todo es intriga y aventura; el cuento se sostiene hasta el final porque siempre está la duda, el morbo, esa cosa machista que tenemos todos (hasta las mismas mujeres que son las primeras que quieren saber) de chusmear si al final terminaron patitas al hombro en el catre o encima del capot de un auto o paraditas, de última, si se da.

Te digo más, la novia de mi amigo, la alemana, era una gringa de linda boca, pantorrillas fuertes y con esa apariencia de luchadora que sólo una buena pantorrilla es capaz de dar. Estilo Uma Thurman con anteojos de intelectualoide, creo que trabajaba de redactora de una revista femenina “Das Von Hause Cacho”, algo así como “La casa de Cacho”, mirá el nombre que le mandaron a la Para Ti alemana, ya desde el nombre te calienta. Porque vos leés y repetís en voz alta, Las conchas de Cacho y te imaginas unas conchas que Cacho se debe estar garchando en la casa... Pero tampoco importa eso, la mina un mionca mirón, mironaza la guacha, un par de tetas increíbles, siempre usando camisa de hombre, con los tres botones abiertos, mostrando el tajo blancón que se les forma a las minas que tienen buenas tetas. Está bien, es la novia de mi amigo, pero no tiene bigotes y uno no es de fierro y sobre todo si está absolutamente cogible y es mirona y le gustan los negros más que el dulce de leche.

Porque allá, en el norte, si sos medio morochón, la rompés con las minas. Los africanos cuanto más sucios y más flacos, más las calientan a las minas. El éxito de los negros en Berlín es total, se reunen en un barrio que se llama Kreusberg que es un cogedero directamente. Los negros las esperan con la pija en la mano a las gringas, tan alemanas, tan finas, tan europeas, tan liberales, tan razonables. Pero eso, en el fondo es una pantalla, un chamuyo de la imagen y las apariencias, las minas al final quedan tiradas en el piso con las gambas abiertas, reventadas. Es una cosa de locos.

Son raros estos pueblos del frío, nórdicos, la gente de día es medida, concentrada, pero empieza a caer la tarde, la nochecita y se transforman, es como si se aproximara el fin del mundo, todos salen a chupar y a culear.

La más brava de todas estas ciudades es Helsinki, las minas directamente te agarran de los pelos y si sos negro, ni te digo, si sos sudaca y encima argentino no podés salir a la calle, las minas se vuelven locas. Hace poco mataron a un tucumano en pleno centro de Helsinki, al tipo se le ocurrió salir un sábado a la noche y las minas todas en pedo en la calle, se peleaban, lo tironeaban hasta que terminaron despedazándolo.

El verano en estas ciudades no tiene noche, son las doce de la noche y el sol está fuerte. Las minas se ponen en bola en los parques y los bares y se chupan todo. Vos vas caminando por la calle y ves cabecitas rubias, una mesa con veinte sillas y son todas minas, meta escariar, dispuestas a todo, como acá por ejemplo, lo puede hacer la banda de All Boys, de Boca, después de un partido. Allá son las minas, las que se emborrachan y mandan. Finlandia es un matriarcado, los hombres fueron a la guerra y no volvieron, dicen que por cada hombre hay cincuenta mujeres, para que te des una idea. Ahora, no te vayas a creer que esto pasa solo con los negros, porque también hay negras, poquitas es verdad, las pocas latinas que hay cogen como perros, pero con los finlandeses, y dicen que los tipos, después de tantos años de sometimiento, silenciados o aporreados por las minas son máquinas de coger a las que no les importa nada. Sí, los gringuitos esos, flacuchientos, casi sin fuerza, todos mas lindos que Brad Pitt, con esas barbitas de pelusas que apenas les crece, bien gays, dicen que se agarran una mina y la hacen bolsa.

Nada que ver con los alemanes, a los cuales, pobres, les cuesta. No hay forma de que los alemanes le den bola a las alemanas. Entonces ahí es donde entran en acción los bolivianos, los ecuatorianos, los colombianos y toda la rama del África y se voltean a todas las minas, la piel, esa cosa salvajona, porque vamos a decir la verdad, ellos creen que somos salvajes, unos monitos recién caídos del árbol y les encanta esa onda, desgreñada, sucia, primitiva…

¡Y los grones que vienen escapándose del hambre y terminan culeándose una nórdica, una modelo internacional que en otra parte del mundo los confundiría con un perro!; no importa, porque son el acceso directo a la heladera que es el sitio a donde los grones quieren llegar realmente.

Porque todo esto es finalmente una cuestión del euro y del hambre, de la terrible desigualdad; de las políticas burbujeras de la Unión Europea, del clima, de los problemas demográficos, los tipos viven en una burbuja, en supuestas socialdemocracias que en cualquier momento se caen a pedazos y terminan a los tiros, todos contra todos al mejor estilo Sarajevo. Es que estos tipos lo que tienen adentro es la pura guerra, el facho que entra a matar a lo loco, como en Estados Unidos.

Y todo esto sin contar, Benigno, la cantidad de putos que hay en Europa, no se puede creer, todos los tipos se la comen. Entonces un grone como vos o como yo, ponele, grandote, bien plantado, con un poco de pinta, con un bigote intenso, si querés, imaginate es codiciado en ambos lados. Si no probás concha, terminás rompiéndole el culo a un puto. Es así. El juego del gato y el ratón. O sino son binormas, que patean para los dos lados, atajan, reciben y golean. Y pueden patear al arco desde los lugares más inesperados. Estas sociedades supuestamente avanzadas son así, el colmo del aburrimiento, el aburguesamiento y la boludez de la bicicleta, el confort, el diseño…

Por donde vayas siempre te chocás con un boludo o una boluda en bicicleta. Mataron a seis millones de personas y ahora los guachos andan en bicicleta, con una botellita de cerveza en las manos yendo a una muestra de pintura. Son unos caraduras y unos racistas de película estos gringos. Porque convengamos que allá todo es baratísimo, en especial la birra, te venden esas botellitas a un euro y te tomás dos, así, caliente, y te agarrás un pedo de la san puta, un pedo que no te lo cura nadie.

Y eso genera el individualismo, la autosuficiencia, las minas viven solas y eso facilita, no hay telos, las minas se ponen en pedo en cualquier baile de música latina o gitana y se llevan al más groncho directo al catre, a sus deptos burgueses llenos de cds, libros sobre Latinoamérica, porque todas son latinófilas o africanófilas; yogurt y queso en la heladera y el shampoo más caro en la ducha, ponele el Panten o el quieras.

El tema del queso es otro, qué variedades de quesos ricos que hay, che, todos comen quesos, mientras que acá para que vamos a mentir lo mejorcito es un Mar del Plata, todo agujereado, transpirado y un pedacito te cuesta un ojo de la cara.

Me colgué hablando de estos gringos. Pero disculpame, no te voy a decir el nombre de la nami porque la conocés y no quiero chusmeríos, ¿qué nami? La alemana, gil, la novia de mi amigo, pongamos que se llama Verena.
“Fortísima”, como dicen los brasileños. Y mirona, inquietantemente mirona. No sé como Edy se había enganchado esta nami, pero ahí estaba, saludándonos desde su auto Volskwagen Gol, hasta en eso mantienen la discreción: todas usan el mismo auto y encima ninguna usa bigotes y son mironas, mironas al mango. Es increíble la energía que las minas ponen al mirar, al clavarle la mirada a un tipo y perseguirlo como si le tiraran una tela de araña para que se te levante la pija. Es una cosa de locos, lo desinhibidas que son las nórdicas.

Mi amigo viene y me dice, “Humberto, las fronteras son imaginarias. Que feliz que estés acá loco, me encanta recibirte, que hayas llegado en primavera, porque acá los inviernos son muy duros, vos ya sabés, estuviste muchas veces en invierno. Pero ahora estamos en primavera, con todo el sol del mundo y te quiero llevar junto a Verena a una playa muy especial, Humberto, no lo vas a poder creer. Primero pasemos por un supermercado y compremos un par de boludeces, una birras y nos largamos...” Mi amigo estaba feliz, exultante de alegría, se le hinchaba el pecho pensando en cómo hacerme sentir cómodo.

Tanta hospitalidad confunde. Me hizo sentar al lado de Verena, en el asiento de adelante, la mina tenía una pollerita corta y cada vez que metía un cambio me mostraba las gambas, medio a propósito, viste como son las minas cuando quieren llamar la atención. Yo haciéndome el sota, el reverendo cuatro de espadas. Pero la mina de pronto me muestra unos árboles medio raros, me toca la rodilla y me dice “mirá, Humber, esos robles los plantó Hitler hace 70 años”. Y después al rato, pasamos por un puente de piedra, “acá el Fhurer escribió tal cosa”, una boludes así y la manito de la gringa, manito dactilógrafa, manito del Primer Mundo, un poco mas arriba de la rodilla, tocándome el comienzo del cuadriceps, casi, casi, mirá lo que te digo y sin exageración, casi tocándome la cabeza del monstruo, la cabecita pelada y dormida del animal tropical, del Dios Polifemo, del Topo Gigio…

Porque tengo que decirlo, el monstruo es asqueroso y sin agrandarme, ahí descansa, hasta ahí llega, un poco mas arriba de la rodilla. Y las minas se dan cuenta porque marcan y se hacen los ratones y lo primero que te miran es si tenés las manos grandes y peludas e inmediatamente después te marcan la bragueta. Aguantá que no lo vas a poder creer, el lance de la mina, la cancha absoluta que tenía y tiene con los machos, la tal Verena. Te imaginarás que estaba en llamas con la mina que me tiraba unos centros bárbaros que yo saltaba a cabecear como un loco y delante de mi amigo. Pensé que estaría todo bien, que acá la gente es liberal en serio, pero a mí no me cabe yo soy tirado a la antigua, me gustan las cosas claras, las penetraciones en vez de los roces y las caricias en vez de los consoladores. Los países desarrollados son raros, qué querés que te diga. Y la gente que los habita más raros aún, es como si estuvieran cansados o aburridos, como sea, llegamos a la playa del río Spring, un río que atraviesa Berlín de punta a punta, rodeado de matorrales pero no como acá, a la que te criaste, sino todo cuidado, cuadrito, cortado como con regla, también lo había diseñado Hitler.


El Spring era un río horrendo, con el fondo de lodo y el agua negra como sucia. No te van a flotar soretes en pala como en un río de acá. Allá la contaminación no existe, la traen para acá. Por supuesto, que se infecten los monos sudacas, ellos jamás. El agua helada y no daba ganas de meterse, me hizo acordar al río Paraguay, allá arriba, en Chaco, cuando desemboca con el Bermejo, la altura de Chascarrillo, hay un río así, profundo y horrendo. Lo insólito de todo esto es que estaban todos en pelotas, era una playa nudista, muchas viejas y niños, pero había unas minas tremendas que te marcaban.

De pronto, mi amigo Edy se pone en bolas y la mina también, medio me miraban, me insinuaban a que me pusiera en bolas yo también. A mí me daba vergüenza, un poco porque no estoy acostumbrado y otra por el tema del tamaño, por la yarará que muerta da miedo, realmente. Yo lo sé, me lo han dicho miles de minas a lo largo de mi vida privada. Más de una, después de un par de rounds, agotada en una cama, acariciándome la cabeza me dice. “Tenés un zodape de aquellos...”

Algo es estar relajado en tu casa o en un telo y después de una sesión te comente, con confianza, e incluso que saque la camarita y se la ponga muerta, mustia y llena de flujos y pelos y puntitos de queso y se saque una foto al ponerla encima de su mejilla, para mandarle a una amiga o un recuerdito de algo que no se ve todos los días. Pero otra cosa muy distinta es que te desnudes delante de un montón de personas o de una pareja de amigos. Verena se puso en bolas y no hay palabras para expresarlo, un canto a la belleza de la raza aria, perfecta, un espectáculo de hembra. “¿Y Humbertito, no te desnudas?”, me encaró así de entrada, Verena.

El Río Spring era caudaloso y soplaba un vientito tenue y el sol apenas calentaba, pero no era el sol salvaje que te pela el lomo, el sol de Florencio Varela, Río de Janeiro, Mar del Plata. Tampoco quería quedar como un maleducado y me saqué la remera y el pantalón. Me quedé en slips. Me senté arrodilladito, doblado como una mulita de las pampas, escondiendo al monstruo de la mirada atrevida de los demás. “¿Qué te pasa, no nos querés mostrar el pito?”, me ladró con humor Verena.


Yo veía que mi amigo Edy no tenía nada e incluso los tipos que pasaban en pelotas, es una forma de decir, en pelotitas, tampoco tenían mucho para mostrar. Y bueno, la culpa no es mía, la mina me dio pie para que fanfarronee y viste cómo somos los argentinos que ganamos en todos lados, por carisma, por prestancia, qué sé yo lo que tenemos, las minas se calientan de una forma increíble con los argentinos. Así que me levanté y lentamente, mientras ellos seguían sentados encima de un toallón inmenso y colorido, junto a unos sandwuches de miga, la fui pelando. Parado delante de ellos, casi haciéndoles sombra, me bajé el slips lentamente que caía por mis piernas flacas y peludas y el monstruo asomaba dormido y salvajón, como siempre. ¡Hubieras visto la cara de Verena!

Se acabaron las palabras, se acabaron las imágenes, se acabó cualquier recuerdo o esperanza que uno pueda atesorar en su memoria. ¡La cara de Verena! Me di vuelta y sin decir nada, sabiendo lo que había provocado en mis amigos me zambullí en el río como una foca, floté un rato, buzié otro rato; pero no volvía a mostrar la parte de debajo de mi cuerpo. Tanto había impresionado a mis amigos que no volvieron a pronunciar palabra. Algo se había roto en el ecosistema de nuestra sociedad amigable.

Y lo que te quiero contar, lo que vale la pena es esto; estaba lo más tranquilo dándome unos chapuzones, esperando a que mis amigos se repongan del nocaut, las aguas del Spring me congelaban las bolas, porque el agua estaba helada y la tararira cada vez que me zambullía de panza se pegaba una arrastrada por el lecho del río como si fuera una anguila o una lombriz gigante buscando qué comer.

Cuando salí de abajo del agua, totalmente repuesto del shock que yo mismo había armado, saqué la cabeza y pude ver al rubio. Una nazi gigante y helado, como de piedra, con un tatuaje enorme en el hombro, era una pija en gesto o la clásica pose de una cobra. Este gigante daba miedo, Gordón, no tenía físico de gimnasio sino mas bien tirando a leñador, a luchador de match, de pronto camionero si querés.

Andaba con dos alemanitas muy niñas, el doble de bellas e impresionantes que mi amiga Verena. Le vi la cabeza con el pelo cortado al rape, sentado en el volante de su auto. Abrió la puerta y bajó desnudo, en ojotas. El monstruo que tenía entre las piernas no se puede explicar. Pero además era una poronga bella, fotogénica, hasta a mí me gustó. Muchos biólogos sostienen que las lombrices no tienen sexo, mentira. Yo conozco lombrices que se cogen a otras lombrices. Esperá, pasame un vaso de Bática, que ahora se viene lo mejor.

¡Lo peor que te puede pasar en el mundo, pibe, es perder la humildad. Podés ser un capo en cualquier cosa pero no andar fanfarroneando, ni ser agrandado ni creerte más que otro porque la tenés mas grande. Al fin y al cabo es todo genético, ningún tipo hizo nada por tener lo que Dios le dio. Quien sabe si somos merecedores de tener tal o cual habilidad. Pibe, si Dios te tocó con su varita cuidalo y compartilo, no lo utilices para desmedro de otro. Me parece que así debe actuar un hombre de bien.

El rubio gigante se paseaba mostrando al monstruo, mientras las minas no podían dejar de mirarlo, era un imán el tipo. El gigante no se metió al río jamás, tampoco se sentó, se paró con unos anteojos negros y las dos minas a su lado, con los brazos cruzados como un guardacostas de las playas de Monte Hermoso.

Y así permanecía el ario, pura pinta y fibra y músculo, Dios le había dado de más. Los pelitos amarillos y finos empujados por el viento de Berlín. Parecía un dios de gimnasio y colgándole entre las piernas, no te voy a mentir, pibe, una yarará, un instrumento germinativo grueso como una boa, brillante y de piel elastizada. Parecía el brazo de un enano injertado, para que te des una idea. Pero no desentonaba, lo hacía más bello al tipo aún. Al gringo, al alemanucho éste le daba el cuerpo para hacerse el sex symbol. Tenía con que.

Por eso siempre, digo, permitime, no hay que creérsela de más, no hay que dar por sentado nunca que uno es el number guan. Además, ¿de qué sirve ser el mejor en todo? Casi te diría que es hasta aburrido… Aunque en el fondo sepas que sos el mejor: que es así, que en la vida uno nació para ser el número uno y tiene que bancársela.

Pasaban tipos de cuarenta pirulos, otros alemanotes con familias, grandotes de la mano de su jermu y el grasa les señalaba el pito y se reía y bamboleaba el suyo. ¡Entendés hasta que punto el tipo era un canchero! A todas las minas que andaban en bolas, también muy educadas y liberales, el tipo las chistaba y les señalaba para abajo, el gringo tenía un aire al ruso de la película de Rocky, no sé la viste. Tenía pinta de verdad. Algo que, en este mundo machista, merecería el inmediato respeto de los demás. Más allá de esto, todo transcurría en la más habituada paz de una playa nudista del Primer Mundo.

El Río Spring de pronto subía unos centímetros y amenazaba volverse caudaloso.

El tipo comenzó a caerle mal a la gente que estaba en la playa. Se sabe: a los nudistas no les gusta que vengan exhibicionistas. Porque algo es un nudista de alma, que cree en la naturaleza y le gusta andar como en los tiempos de Adán y algo muy distinto es un exhibicionista, un tipo que se va a la playa a que lo miren, un tipo como éste que tiene la poronga grande y le gusta mostrarla, o como las minas de grandes tetas y culos perfectos. Ya de entrada caés mal porque no es esa la filosofía y si encima canchereás…

Había que pararle el carro, de alguna manera, a este nazi moderno y desubicado.

Yo estaba lo mas bien, nadando, disfrutando del horrendo lecho del río, cuando de pronto siento un cosquilleo en la punta de la pija, así de la nada, imaginate el cagazo, en lo primero que pensé es en una tortuga, una serpiente que besaba a otra, confundida.

Cuando se volvió a repetir primero fue el roce de un piquito, un besito acuático y luego un lengüetazo a lo largo de todo el tronco. Sentí que me succionaban los testículos y pensé, ahora sí, mas relajado “debe ser Verena”, la alemana trola que me hace una de las suyas. ¿Quién más sino?

Me quedé quietito y la matriz de carne comenzó a inflarse, a despertarse y tomar gigantescas proporciones y ahora era una manito que me subía y me bajaba el prepucio, me acariciaba la cabeza con maestría. Yo tranqui, disfrutando de los saberes de la berlinesa. Son trolas las minas, eh, tal vez, ni siquiera era Verena, sino alguna de todas esas gringas que pululaban por la playa y el río.

De pronto, desde la playa veo que Edy viene cargando una mesita y me llama, también veo que trae la lanza que compré a dos euros en un mercado persa. No veo a Verena por ningún lado, es obvio dónde está, pero Edy mi amigo no lo sabe.

“Vení, Humbertito, vení que inventamos un juego para pasar el rato en la playa. ¿Te querés ganar cien euros?” Edy le hablaba a la gente en ese idioma que hablan los alemanes que no se entiende un pito y la gente se amontonaba alrededor de la mesita.

Yo estaba en otra, pasándola bomba, cuando meto una mano sin querer, en el agua y digo: “nena, me está llamando Edy, largá que seguimos mas tarde”.

Pedíte otra Báltica porque no lo vas a creer, tantié y toqué una cabeza cortada al ras, que obvio no era la de Verena. Me asusté y me saludó un nenito, como de trece años, un putito que se dedicaba a chuparle la pija a los viejos en el río. Me dio una impresión que le grité en castellano: “Pero mocoso de mierda, andá a estudiar en vez de andar haciendo estas cosas en la calle”. Por supuesto que no me entendió ni un pomo y se alejó nadando, mientras los pedazos de semen flotaban como gargajos en el agua negra del río Spring. Leche very good quality, pura grasa de chancho concentrada.

El gringo se puso de un lado de la mesa y vi, a lo lejos, a Verena agarrando a aquel monstruo estirándolo encima de la mesa, como queriendo medirlo, agarrando mi espada. “Dale Humber, salí que te vas a divertir a lo loco”, me insistía desde la playa mi amigo Edy. “Salí así, en tarlipes, dale”. Comencé a salir del agua como un asesino en esas películas de terror, lentamente. Las rubias y Verena me miraban y aplaudían, sobre todo mi humildad, mi timidez, yo me tapaba con las manos, pero imposible tapar al sol con una mano, tapar las virtudes que nuestro Señor nos dio. “Vení, apoyala acá, encima de la mesa”, me dijo Edy apenas llegaba.

No te voy a mentir, pibe, pero así derramando leche, cubriéndome, sin perder la compostura pero dejando entrever un gran zodape, titilando de frío y de pronto, los aplausos, las palmadas en la espalda, los gestos de afecto, de pronto de agradecimiento si querés… Comenzaron a rodearme, la misma gente de la playa y aplaudiéndome me acompañaban pisando la arena hasta la mesa, fue emotivo, emocionante, casi te diría que hasta inolvidable y se me pianta una lágrima. Verena, empujando a los que me rodeaban, saltó hacia mi y me cubrió con un toallón. Imaginate que el rubio no entendía nada, no cazaba ni de casualidad el fenómeno social que se había armado, así, espontáneamente, como pasan las mejores cosas en la vida.

Verena me dio un beso en la mejilla, mientras me envolvía con el toallón y me dijo al oído con toda la ternura del mundo: “Sos nuestro campéon”.

Y ojo, eh, no porque la tuviera mas grande, sino porque soy un hombre sincero, sencillo, temible y humilde, vos me conocés pibe.

Cuando veo sobre la mesa lo que había puesto el rubio, casi me muero. Era una cosa horrenda, deforme, con una cabeza rosa empalidecida como se ponen los pescados cuando se están pudriendo.

Verena, me guiñó un ojo y con una sonrisa de sol a sol, preciosa. Le habló a los que estaban alrededor de la mesa.

“Y ahora nuestro amigo sudamericano, argentino, para más datos, la República del tango. Tengo el honor de presentarles a la poronga más linda de mi vida”.

Repitió entre risas y me dio calce para que pusiera mi atributo germinativo encima de la mesa. El rubio me miraba transpirado, pálido con miedo a hacer un gran papelón. No podía ser posible que un groncho, un indígena de la tierras de hambre, superara a su atalaya aria de pura cepa.

El tipo me miró con odio, como diciendo este indígena gordo, mal alimentado y viejo, no puede ganarle a un cuerpo como el mío. Y se dio otra vez, pibe, la eterna lucha de clases, pobre contra rico, rubio contra morocho, la rama de un algarrobo contra la rama de un ciprés, qué sé yo…Ahí se me confunde todo, porque me pegué un julepe bárbaro. Verena en vez de sacar una regla y medir, pegó un golpe, entre la algarabía de todos los testigos, las risas, de las rubias que se amontonaban alrededor de la mesa del río Spring, digo no sé, porque se me nubla todo, pero se escuchó un golpe seco, duro, marcial y profundo que todavía me da cosquilleos y me retumba en la cabeza y me hice para atrás y la guardé justo a tiempo, mientras la del gringo quedaba mutilada, suelta, libre al fin, pegando saltos como un gato cuando le cortan una cola, encima de la mesa; como un bebé cuando le cortan el cordón umbilical, botando sangre a lo loco. No sé por cuántos centímetros le gané, más de diez seguro, pero no importa, a un pasito así, estuve a punto de ver mi vida cercenada para siempre. Es increíble como lo que más queremos en la vida se puede ir en un segundo. Es inadmisible de qué forma nos pueden cercenar todos los sueños en esta vida terrestre nuestra de cada día. No somos nada, pibe, no somos ni una bolsa de gatos asfixiándose en una bolsa llamada mundo. El acto reflejo me salvó, porque tengo toda la sensación que ese golpe era para mí, que Verena me andaba buscando desde que llegué. Imaginate, no se la muestro nunca mas a nadie, eso me pasa por andar de perlas en un barrio de hambrientos.



*Mi nombre es Santiago Vega, pero todos me conocen como Cucurto o Cucu. Me gusta que me llamen así. Comencé a escribir en 1996, después de haber leído la novela La piel de caballo, de Ricardo Zelarayán. Terminé de leer el libro y escribí al estilo Zelarayán, mi primer libro de poemas. Mientras reponía en las góndolas de Carrefour, escribía y me divertía. Al tiempo de publicado, la gente me paraba en la calle y me decía “cómo me reí con tu libro”. Hasta el día de hoy, después de casi veinte años, me lo siguen diciendo. Por lo tanto, me considero un humorista de humor y negro. Publiqué quince libros de poesía, y seis y siete novelas y libros de relatos. Mi sueño es ser agricultor, pequeño productor de algo.

jueves, 17 de marzo de 2011

Mario y las mujeres








Por Javier Rioyo



Amores eternos, primeros amores.

Su mujer más duradera, también la más constante, esquiva, temida, siempre amada con pasión es la literatura. El gran amor de su vida. Su orgía más duradera. Amante a la que siempre regresa. Un matrimonio que nunca se romperá. Una relación que ha conocido crisis, infidelidades, relaciones adúlteras, tentaciones de fugas y celos. Una pareja de hecho unida por una verdad que se construye con los materiales de las mentiras. Mario Vargas Llosa o la pasión por la escritura. Lo que nunca muere Y a su lado, el otro Mario, el hombre que ama a las mujeres. A unas cuántas mujeres reales. A otras verdaderas que nunca conoció, que amó desde la sinceridad de la ficción
El niño Mario nació en Arequipa entre mimos y caricias de mujeres. El padre no apareció hasta que estaba a punto de ser adolescente y siempre tuvieron una relación difícil, distante, con más desconfianzas que ternuras. El mundo de Mario, el feliz mundo en Piura, con su madre, las mujeres de la familia y los abuelos se rompió con la llegada del padre. Cambios de casa, de prostibulario barrio limeño a nuevos barrios y escapadas para ver a las chicas de Miraflores. El barrio de sus tíos, el de sus primeros bailes, sus primeros amores, sus pequeñas travesuras con una niña buena llamada Elena. Un mundo que se rompe cuando ingresa en el Colegio Militar Leoncio Prado. El cadete, a su pesar, creció como otro que ya no era el adolescente enamorado. Como un joven con la necesidad de buscar amores furtivos para ser uno más en aquél mundo macho. El mundo de "La ciudad y los perros", un espacio brutal, castrense y falsamente viril.

Amores burdelescos

Entonces conoció el sexo. Primera experiencia con una prostituta brasileira del barrio de La Victoria. Después se hizo cliente asiduo de una joven "polilla"- prostituta limeña- a la que llamó Pies Dorados y a la que conocemos con su desenfado, su atracción y su vulgaridad por aparecer en "La ciudad y los perros". Míseras y duras casas de lenocinio que, sin embargo, hicieron más felices los sábados de su despedida de la adolescencia, el final de su infancia. Burdeles que eran un rito de paso, espacios que cumplían un papel social. Cuando el joven Mario consigue dejar el Colegio Militar encuentra refugio en Piura, en casa de su tío Lucho Llosa y la tía Olga- la casa dónde conoció a las dos mujeres con las que se casa, "tía" Julia, hermana de Olga y la prima Patricia, la hija pequeña de la familia- se sintió otra vez libre, feliz entre mujeres, cerca de hombres amantes de la lectura y con pasión por las aventuras. Ni así puede olvidar aquellas primeras excursiones por el mundo encanallado, marginal e injusto de la vida golfa. Experiencias de vida que alimentarán al escritor del futuro. Mario en aquél entonces era un estudiante que escribía versos, cuentos, obras teatrales y leía con fascinación compartida el verso de Santos Chocano: "Quiero vivir torrente..."
Siguió visitando burdeles. Conoció "la casa verde". Un socializado lugar de encuentro, menos sórdido y más alegre que los prostíbulos limeños. Con sinceridad, y un punto de nostalgia, dejó escrito: "Mi generación vivió el canto del cisne del burdel, enterró esa institución que iría extinguiéndose a medida que las costumbres sexuales se distendían, se descubría la píldora, pasaba a ser obsoleto el mito de la virginidad...El burdel era el templo de aquella clandestina religión, donde uno iba a oficiar un rito excitante y arriesgado, a vivir, por unas pocas horas, una vida aparte...Tal sea bueno que el sexo haya pasado a ser algo natural para el común de los mortales: Para mi nunca lo fue, no lo es. Ver a una mujer desnuda en una cama ha sido siempre la más inquietante y turbadora de las experiencias, algo que jamás hubiera tenido para mí ese carácter trascendental, merecedor de tanto respeto trémulo y tanta feliz expectativa, si el sexo no hubiera estado en mi infancia y juventud, cercado por tabúes, prohibiciones y prejuicios, si para hacer el amor con una mujer no hubiera tenido entonces tantos escollos que salvar"
Enamoradizo, soñador, lector, con alma de bohemio, visitador de cuchitriles, trasnochador y amante del amor "mercenario". Enamorado en secreto de una joven prostituta. Sus primeras mujeres no platónicas: las prostitutas. Como Buñuel, Faulkner o Sartre, Cela, García Márquez o Benet. Como... mejor no seguir la lista. Hasta la generación de Vargas Llosa, y en España un poco después, las primeras relaciones sexuales fueron con amores prostibularios. No todo fueron burdeles ni travesuras con niñas malas, antes de su volcánico primer matrimonio, conoció un amor sin pagar. Pasajero primer amor de juventud. El primer gran amor estaba a punto de llegar y sin salir de la casa familiar.

La tía Julia y el furtivo matrimonio

Se llamaba Julia Urquidi, era la hermana menor de su tía Olga. Era "la tía Julia". El era un joven escribidor de diecinueve años, doce menos que la hermosa tía, la divorciada de voz ronca y risa fuerte, la hermosa mujer madura a la que recordaba desde los años de Cochabamba. El era un niño que espiaba a los mayores en compañía de sus primas, un niño curioso que nunca olvidó a esa mujer alta, amiga de su madre, hermana de su tía, que bailaba muy animada en una fiesta familiar. Al reencontrarla le cautivó, aunque al principio se burlara de su juventud. Ella estaba recién enviudada, decepcionada de todos los que se acercaban sin demasiados romanticismos a una mujer con "experiencias". El era un joven que deseaba parecer mayor, que deseaba sacar a pasear a su "tía Julia", llevarla al cine, espantar a los moscones que perseguían a la hermosa dama y hasta que una tarde, en uno de aquellos bailes se atrevió a besar a su tía. Se enamoraron. Pero aquellos clandestinos amores, crecidos con besos en los cines de barrio, con escondidos abrazos en cafetines, paseos nocturnos por parques desiertos, por malecones o barrios lejanos, eran una locura. Julia le hizo notar lo descabellado: diferencia de edad, la familia, el futuro de un joven con trabajo precario, sus estudios, todo hacía imposible, impensable, un amor cómo aquél.
No lo veía así "el sartrecillo valiente", como le llamaban sus amigos por su arrojo y su pasión por Sartre. Insistió en de que deberían casarse, fugarse, volver con los hechos consumados, ponerse el mundo por montera porque el futuro era de los valientes. Y de los enamorados. Con la ayuda de un amigo planearon casarse con el alcalde de Chincha que era amigo. Cuando descubrieron que era menor de edad los planes se dieron al traste. No se arredraron, falsificaron su edad en dos años para evitar pedir el permiso familiar. Consiguieron un pueblo, Grocio Prado, de alcalde comprensivo y en compañía de un testigo, un cacharrero de la zona que llevó botellas de chicha para celebrar, se confirmó el matrimonio. Ya eran marido y mujer. Ahora había que volver a la realidad. La familia estaba entre sorprendida y disgustada el padre había amenazado con una pistola al tío Lucho, dispuesto a todo para anular aquél matrimonio: denunciar la falsificación del documento o acusar a Julia de "corruptora de menores". La recién casada se tuvo que ir un tiempo del entorno familiar. Pero Mario nunca consentiría dejar a su mujer, a su enamorada. El padre tuvo que transigir, se dieron un abrazo, y el recién casado prometió seguir con sus estudios y tía Julia. Matrimonio feliz durante unos años.
Vestido como un galán con bigote, más serio de lo que le correspondía, ya no quería ser "varguitas" para nadie. Trabajaba, estudiaba, escribía, sacaba tiempo para la lectura, para el amor como el más maduro y entregado de los recién casados. Los trabajos, los días, los sueños del "escribidor", el soñador con París, el enamorado y las ayudas de su mujer, toda esa historia de amor, que años después se cuenta en una de las más felices novelas del Premio Nobel: "La tía Julia y el escribidor". El autor es más que un discreto exhibicionista, y realiza un completo strip-tease invertido, pero muy real, de unos años que fueron mucho más que una pasión juvenil.
Vargas, el pasional y joven recién casado, había decidido que su vida sería la escritura. Julia le apoyaba y hacía de mecanógrafa. Llegó el iniciático viaje a París que por razones de presupuesto haría sin su enamorada. Nunca conoció a Sartre, pero pasó una tarde con Camus. Entre paseos, lecturas y cafés llegaron las primeras dudas matrimoniales. Ese viaje a ninguna parte que va de la pasión a la rutina familiar. Iniciales fisuras en forma de alguna dulce francesa llamada Geneviéve. Ternura pasajera de la que se despide una tarde, seguramente un jueves con aguacero, como mandan los ritos poéticos.
Después llegó Madrid en forma de beca. El adocenamiento universitario, el frío del franquismo, el descubrimiento de Tirante el Blanco, el caballero guerrero que quiso morir recordado por haber amado mucho, Baroja, las tascas, las novelas de Galdós y el bar frente al Retiro, "El jute", dónde comenzó a escribir "La ciudad y los perros". Y la pasión sin fisuras por ser escritor y para ello, así lo creían, así lo querían los seguidores de Hemingway, había que volver a Paris. Adiós Madrid. Adiós Perú. O por lo menos hasta luego. Volverá a Perú. Volverá a París.

El escritor y la prima Patricia

París no fue una fiesta. Tampoco un funeral. Fue trabajo, escritura, premios, confirmación de escritor, hechizo y rechazo. Y en París apareció la prima Patricia. La hija pequeña del tío Lucho, sobrina de la tía Julia, la niña rebelde que cuando pequeña lanzaba vasos de agua fría sobre su primo. Aquella que algunas veces dormía en su cuarto y que había que callar comprándola chocolates. Patricia, "el pequeño demonio de siete años disimulado en una carita de nariz respingada, ojos fulminantes y cabellos crespos". La niña mala, era ahora una adolescente divertida, atrevida y un punto coqueta. Y el primo Mario, un casado en crisis, un escritor emergente, se vuelve a enamorar por dónde solía. Cerca de casa, en familia. Lo notan sus amigos. Lo sospecha la tía Julia. Lo sabe Patricia que conoció los celos del primo Mario cuando una noche parisina la joven fumó y bailó con Julio Ramón Ribeyro, el limeño seductor y apátrida.
Mario estaba celoso y enamorado. Y Patricia dijo sí. Y mando parar. Se terminaron las fugas y el bigote. Los primos, tan parecidos en lo físico y en lo químico, se casan para segundo escándalo y sorpresa de la familia Vargas. De la familia Llosa. Ahora no hay fugas, hay imposición familiar. Hay iglesia en Lima, permiso e intervención directa del Arzobispo. El agnóstico Mario se casa con la joven prima Patricia. Hoy han pasado cuarenta y cinco años, tres hijos, unos cuantos nietos, muchos libros, varias ciudades, necesidades, nuevos amigos, viejos amigos, peleas a puñetazos, celos, premios, derrotas, tranquilidad familiar, orgía de la imaginación. Han pasado muchas cosas. Otras mujeres, quiero decir una mujer, una amiga: Carmen Balcells. La mama grande. La que nunca falta. La que llegó a su vida desde aquella Barcelona de la gauche divine hasta estos días de Premio Nobel. Carmen trabajaba con el editor, poeta, el diablo bebedor y lúcido amigo Carlos Barral, al que le gustaba decir: "Al cadete solo le interesan las mujeres de la familia".
Es verdad. Primero una. Después otra, y no más. Las otras- Balcells y su hija Morgana aparte- son literatura, visitadoras, feministas, actrices, niñas malas o épicas seductoras que vienen del recuerdo de burdeles de antaño, de paraísos en otra esquina.

( Publicado en "Dominical", 5/12/10)



La invención del mundo











por Alan Pauls


Si uno llama por teléfono a lo de Martín Caparrós pueden pasar dos cosas. Una, que atienda él, Caparrós mismo, y que con su mejor voz de llamado en espera -una pizca de incomodidad, otra de insolencia- proponga volver a hablar un rato más tarde, cuando haya terminado “con el otro”. Dos, que en ausencia de Caparrós, verosímilmente atareado por alguna minucia en Ceilán, Bali, Goa o cualquiera de los destinos que cada tanto lo distraen de hablar por teléfono, de escuchar ballenatos, de escribir libros monumentales, la que atienda sea su propia voz grabada en el contestador automático. Es una voz radiofónica: grave, como ensimismada en su propia notoriedad, la misma voz de niño corpulento y malcriado que Caparrós lanzó al aire por primera vez en la primavera de Alfonsín, cuando inventó y condujo con Jorge Dorio el hit radial “Sueños de una noche de Belgrano”. En ese caso, la voz corrobora que uno ha marcado el número correcto y después, con alguna arrogante resignación, declara: “Es lo que hay”.
Viniendo de Caparrós, que viene de reconstruir en tres tomos de ochocientas páginas el minucioso tejido insurreccional de la década del 70, la frase suena un poco insultante. Algo entre la falsa falsa modestia y el tupé del que cuenta plata adelante de los pobres. “Léeme o déjame”, parece decir por lo bajo, y agregar, luego, con una sombra de desafío, un poco a la Viñas : “No me arrepiento de nada, no pienso cambiar nada y -lo que es más importante- estoy acá para sostener con mi cuerpo una y todas las páginas que circulan con mi firma”. Lejos de los fragilismos que vienen tiñendo los últimos estilos de vida literarios, Caparrós sostiene. Le gustan las paradojas, como a todo el mundo, pero las usa menos para evaporarse que para “cortar” una asertividad que de otro modo podría confundirse con el mero énfasis, el afán discutidor, la sentencia. Caparrós es ágil (a pesar de su metro 86), a menudo autoirónico (a pesar de la gravedad de sus bigotes), perfectamente capaz de bordear sus propias posiciones (a pesar de su vocación “centrada”), pero detrás de todas esas fintas hay algo que resiste, idéntico y encarnizado: la ambición de respaldar las palabras. (A lo largo de quince años, de No velas a tus muertos -su primera novela- a La noche anterior, de Larga distancia a La voluntad, las ficciones y la prosa periodística de Caparrós ahondan una y otra vez una misma constelación de enigmas: ¿qué autoridad tienen las palabras?, ¿cuándo dejan de describir para volverse fundacionales?, ¿qué extraña clase de autoridad, a la vez irrisoria y soberana, crean las palabras?)
Verdad y ficción. El año pasado fue para Caparrós el año de La voluntad, extraño ejercicio de arqueología existencial en el que el periodista-historiador documentalista detectaba, limitándose a presentarlas, sincronías y desajustes entre las dos “bandas” que compusieron la década del 70: una banda sonora (consignas, gritos de guerra, nombres falsos, proclamas: el “discurso político”) y una banda “vital” (una especie de manera política de existir, hecha de palabras pero también de gestos, gustos, gastos...). Este año, envalentonado por la voluptuosidad finisecular, Caparrós, después de casi ocho años de no publicar ficción, hace su rentrée con La historia, una novela en cuyas casi mil páginas no hay una sola frase verdadera y ninguna falsa. Un libro-monumento, como La voluntad, sólo que arraigado no en la historia sino en la imaginación de un escritor que tenía miedo de ser apenas un amanuense voluntarioso de historias que “siempre se le ocurrían a otros”.
Como suele sucederle a Caparrós, el origen de La historia, ahora, a trece años de que empezara a pensarla, tiende a confundirse con una remota boutade, uno de esos chispazos que están a mitad de camino entre una idea y su propia parodia: “Me habían invitado a una mesa redonda en la Feria del Libro. El tema -una pregunta que alguien había escuchado y anotado mal, seguramente- era: ‘¿Qué libro le hubiera gustado leer?’ (‘...y no pudo porque se cortó la luz’, tenía uno la tentación de completar). Sonaba un poco absurdo, pero de todos modos me hizo pensar. Y se me ocurrió que un buen impedimento para leer un libro era que el libro no existiera, que no lo hubieran escrito. Entonces pensé en el libro que Borges inventa en el relato ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’. Borges lo postula pero -histéricamente- no lo escribe: lo sustrae. Bueno, yo caí en la trampa: fui y lo escribí. Frente a la astucia de la histérica, yo caí en la ñoñería del ama de casa. O de la buena esposa”.
Una boutade es instantánea. Pero cuando dura mil páginas puede engendrar algo tan desconcertante como la novela que Borges nunca escribió, un libro dotado de todo lo que Borges recelaba en el género “novela”: un verdadero monstruo de ambición y de voluntad literarias, enemigo de la omisión, de las medias tintas, de toda forma de precaución. La relación con “Tlön” no es el único borgismo que se filtra en La historia; Caparrós, licenciado en Historia en la Sorbona , eligió para encabezarla la misma frase de Cervantes que Borges le hace reescribir al testarudo Pierre Menard: “La verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir...”. Ese epígrafe funciona como una suerte de umbral programático: atravesarlo es saber que la verdad, la historia y la ficción, entrelazadas y burladas a la manera borgeana de “Pierre Menard, autor del Quijote”, son los tres pilares de La historia, y también que si hay algo que para Caparrós merezca el nombre de “Sagradas Escrituras”, eso es el Quijote: “Hace 15, 16 años, en un artículo que publiqué en el Diario 16 de España, yo sostenía que de las novelas de caballería habían salido las dos grandes ramas de la literatura latinoamericana. Una era su parodia voluntaria (el Quijote, la Novela , digamos); la otra, su parodia involuntaria (las crónicas de Indias), donde los conquistadores trataban de ver aquí lo que se habían imaginado escuchando las historias de las Amazonas o de Amadís. Esos dos habían sido durante siglos los cursos de las letras latinoamericanas, y de alguna manera los dos terminaron reuniéndose en el realismo mágico. Sobre todo en Cien años de soledad, que había pasado a ser como un nuevo libro de caballería. Y lo que yo me preguntaba era: ¿cuándo le va a llegar su Quijote? En ese texto del ‘83, seguramente muy mal escrito, ya estaba el programa de La historia”.
Yo persigo una forma. Pero el epígrafe, de golpe, también sirve para recordar que a Caparrós se le debe la biografía apócrifa de un argentino llamado Balvastro, un celebrado capítulo de televisión fraudulenta que tramó en 1988 para el ciclo “El Monitor Argentino”. Aunque La historia retoma con énfasis ese vicio malversador, esta vez Caparrós, que ha crecido, ya no se limita a fraguar una vida. Fragua una civilización entera, a la que bautiza Calchaqui, y la provee de idiomas, de costumbres, de regímenes políticos, de excentricidades, de armas, de idiosincrasias gastronómicas, de mitos, de literaturas, de caprichos sexuales, de sadismos, de soberanos, de revoluciones, de las epopeyas, los patetismos cotidianos y la duración que toda civilización necesita para capturar la atención de la miopía historiográfica. La historia es el despliegue de esa invención a la vez proporcional y desmesurada -la primera que Caparrós, después de años de “moldear y modelar materiales ajenos”, reconoce como propia-, y también es una cabalgata exhaustiva, abrumadora, por todos los géneros, las disciplinas y los saberes con que los mundos falsos de la literatura juegan a pasar por verdaderos.
A lo largo de los trece años que le llevó escribirla, la novela atravesó estados y vicisitudes diversas. Los primeros brotes aparecieron en Valsaín, un pueblito de Segovia en el que Caparrós, que vivía en España, se había refugiado para escribir La noche anterior: historias súbitas, levemente fantásticas, como la de un “joven músico alemán que descubría que con su música podía reproducir espacios clásicos, ya desaparecidos, como el templo de Agrigento”, que empezaban a complotar contra la novela en curso. Después, cuando se pusieron a proliferar, Caparrós pensó una “especie de maquinita capaz de engarzarlas todas. Era la descripción de un personaje por partes. Empezaba por el pelo, y la descripción del pelo daba lugar a muchos relatos; después describía la frente y derivaba en otras historias, y así sucesivamente”. El ardid sobrevivió y figura en la versión definitiva de la novela, pero no resultó como principio de composición. Hasta que un par de años después, durante un tormentoso fin de semana en el Tigre, Caparrós el fóbico descubrió la clave.
“Fue en el ‘87, había ido con una amiga alemana a El Tropezón, donde se mató Lugones. Yo no conocía; me había imaginado un weekend romántico, hedonista... y cuando llegué entendí todo. Una pieza húmeda, una cama de hospital, una bombita colgando del techo. ¡Era tan deprimente! Por otro lado, nunca había pasado 48 horas seguidas con mi amiga, no sabía qué podía pasar, así que me había llevado seis libros para dos días. Apenas llegamos me fui al muelle a leer, solo. Y en un momento me saqué los anteojos y quise meterlos en el bolsillo de la camisa; los lentes resbalaron, cayeron totalmente verticales, atravesaron una hendija muy chiquita del muelle y desaparecieron en el agua. Yo no podía leer sin anteojos. Esto va a ser arduo, me dije. Y, completamente desesperado, me puse a pensar. Y a pensar. Y a pensar. Y ahí se me ocurrió la idea de un manual, una especie de descripción antropológica de una civilización antigua. Después la forma ‘manual’ se deshizo y sólo sobrevivió en las notas. Pero la premisa de la civilización ordenó todo”.
Todo lo que La historia revela sobre Calchaqui, en rigor, nos llega por dos vías: una, un manuscrito del siglo XVII, náufrago de innumerables traducciones, donde un hombre llamado Oscar, a punto de convertirse en el vigesimoprimer soberano de Calchaqui, distrae las horas de agonía de su padre, el soberano actual, pensando cómo resolver el problema en el que descansa la clave del poder calchaqui: el sistema de regulación temporal; la segunda, más contemporánea, es el obsesivo aparato crítico con el que un historiador argentino, después de exhumarlo en una biblioteca, glosa el texto de Oscar, lo escanea casi frase por frase y reconstruye el mundo calchaqui con la mirada estrábica de las Humanidades en versión años 60 y 70. “En el ‘88 ya tenía miles de notas, carpetas por áreas. La carpeta ‘ritos mortuorios’. La carpeta ‘juegos’. La de ‘sexualidad’.
‘Comidas’. ‘Costumbres’. Pero fue un año caótico: ‘El Monitor’ en TV, la revista Babel... así que en diciembre me fui a París con la idea de escribir uno o dos meses. Estuve diez días bastante perdido. Flop absoluto. El 25 de diciembre, mi primo Sebastián y su mujer me invitan a una casa de la familia de ella en la Loire , una de esas lindas casas burguesas de principios del XIX que los franceses abusivamente llaman châteaux. Fui. Rica comida, boludeos, una buena biblioteca. Me acuerdo de los tomitos de la obra completa de Buffon, un artículo sobre jirafas, detalladísimo, que sin embargo se olvidaba de mencionar el largo del cuello. Y estaba en eso, todo muy plácido, la chimenea prendida, cuando me vino la idea de encontrar el relato de esa civilización en una biblioteca. Ahí, sentado, empecé a escribir a mano la escena: un historiador argentino encuentra un manuscrito en un libro de la biblioteca del castillo de una señora que es un poco mayor que él, en la Loire. Tuve la impresión de haber encontrado el disparador que me permitiría contar toda esa porquería”.
Caparrós no ha marcado diferencias de jerarquía entre el cuerpo principal de la novela (la declaración de Oscar) y las notas (la lectura del historiador); ambos ocupan un espacio similar y admiten toda clase de órdenes de lectura, como si fueran dimensiones autónomas: “Lo primero que el lector encuentra es el epígrafe de Cervantes, y es ahí donde tendrá que decidir si lee primero el relato de Oscar, que empieza con la frase ‘Ya no hay más muertes bellas’, o si lee el cuerpo de las notas. Yo resolví abstenerme. Me pasé años pensando qué prefería y nunca pude decidirme”. Novela exótica, menos anacrónica que extemporánea, La historia practica una vanidad hiperrealista que parece protegerla de cualquier efecto alegórico, y al mismo tiempo la arraiga en una Argentina mucho menos remota que el siglo XVI, época en la que la civilización calchaqui -supuestamente- habría florecido... ¡en el noreste nacional! No es casual que el historiador descifre el texto de Oscar a lo largo de los años de fuego argentinos (fines de los 60, la década del 70, el mismo período que Caparrós restituye en La voluntad), que muera en 1976 y que sus comentarios estén teñidos de efusiones militantes. “Sí, el anotador es marxista, y un poco rígido: lo que escribe, sus referencias teóricas, son muy de la época, y el chiste macabro es que supone que el manuscrito que encuentra es un texto fundacional de la Nación. En ese sentido, en La historia, la disciplina histórica es una tomadura de pelo: el trabajo del historiador no tiene objeto, o su objeto, más bien, es una mera invención del historiador. Y, como corresponde a todo libro de historia, se equivoca de cabo a rabo en sus conclusiones. Aunque es cierto que su error tiene cierta grandeza. Lo mismo pienso, a veces, del libro: que es un error ‘con altura’”.
Cara y ceca. Contra lo que se podría pensar a primera vista, es obvio que el Caparrós de La historia (fanático de la invención, incrédulo sofisticado, partidario de la incertidumbre) y el de La voluntad (escritor de base, documentalista reivindicativo, espíritu de intervención) no son dos sino uno, uno solo y el mismo, y que ambos libros están unidos por afinidades más profundas que una mera vocación elefantiásica. Afinidades, o enemigos comunes: el small is beautiful, el imperio de las ficciones tímidas, la hegemonía de lo fragmentario, el retroceso de la intencionalidad. Y sobre todo dos divulgadas extinciones: el fin de los grandes relatos y el fin de la historia. Así es el mapa según Caparrós, y en ese paisaje (que involucra a la vez su relación con la literatura y con el “compromiso” político) ambos libros funcionan articulados, como dos caras de un mismo proyecto. “La relación es fuerte incluso temáticamente. Uno de los dos o tres motores de La historia es una especie de revolución ‘leninista’, a la manera de las La voluntad describe en plano realista. La gente de Calchaqui empieza a juntarse alrededor de una reivindicación: la conquista de la vida después de la muerte, la ‘vida larga’. Y se junta según un modelo de células, de agitación y propaganda: el modelo del partido leninista. La misma idea de tener el poder de modificar las formas del tiempo, que en la novela es central, es una idea clave de cualquier proyecto revolucionario. En los últimos siglos, de hecho, el único cambio serio en las formas temporales se dio cuando la Revolución Francesa dio vuelta y rearmó el tiempo a partir de un año cero: algo había empezado de nuevo, algo que no podía funcionar con el tiempo antiguo”.
Nadie conquista la historia sin voluntad, ironiza Caparrós, explotando la inesperada ventaja de marketing que poseen sus libros: cada vez que alguien dice “la historia” o “la voluntad” está hablando de ellos. La ironía, sin embargo, es literal. La historia, de hecho, le debe su existencia pública al éxito de La voluntad. Dos años atrás, Caparrós tenía un par de editores interesados en La voluntad y a todos espantados por el tamaño de La historia. Pensó entonces en armar una producción muy artesanal, con una suscripción para cien o doscientas personas, un poco a la manera de Laiseca con Los sorias. Pero vendió La voluntad a la editorial Norma, “y cuando se vio que el libro prometía pude hacer una especie de pacto fáustico con mi editor, Fernando Fagnani: si le iba bien con La voluntad, se comprometía a publicar La historia. La voluntad funcionó bien y Fagnani, con gran caballerosidad, reconoció el acuerdo y publicó La historia”.
Ahora, con el libro recién distribuido (“Llegó a las librerías el 6 de abril, otro aniversario de la muerte de mi padre. Un detalle que no es menor para una novela que sólo trata de genealogías y herencias”), Caparrós parece a la vez perplejo y satisfecho como un niño que (casi) se salió con la suya. Hizo todo lo que quiso: inventó una lengua (la lengua de Oscar: “un castellano de ninguna parte, con una dosis de lejanía muy fuerte, totalmente extrañado”), multiplicó guiños y trampas (“es un picnic para la Academia , pero yo sueño con lectores que se diviertan”), hizo sus proverbiales malabarismos de erudito (“me encanta Diderot, pero no por la enciclopedia sino por sus novelas), escribió sonetos a la manera de Góngora y de Quevedo y teatro a la de Lope de Vega. Y hasta manipuló el contexto en que ahora aparece la novela. “Siempre quise que saliera en 1999. Si hubiera salido el año pasado habría falseado el colofón. La edición es de 999 ejemplares, y yo quería incluso que tuviera 999 páginas. Como daba 943, le propuse a Fagnani que nos salteáramos la numeración en algún lado para ganar esas 56 páginas de diferencia. Lástima: no salió”. En cuanto a los efectos que La historia pueda producir, Caparrós confiesa haber “suspendido el juicio” y enarbola, a modo de escudo, la dimensión artesanal del libro: “Con cierto tino, o cobardía, hice todo lo posible para que la edición fuera limitada. Todos los ejemplares están numerados a mano, lo que limita mucho las expectativas. Que se venda o no es igual. Lo que siempre quise es que fuera un libro muy bien hecho: hecho a mano, con ilustraciones (que también se pegaron a mano), tapa dura, cintita para marcar la página, un retrato al óleo en vez de foto en la solapa. Quería un libro bien hecho para que algunos amigos lo tengan y lo lean cuando quieran. Lo que suena totalmente contradictorio con los trece años que me pasé laburando en esto, y con el hecho de que es el proyecto que más me importó en mi vida”. A contrapelo del mercado, La historia, sin embargo, es cualquier cosa menos un libro que desea pasar inadvertido. Es arrogante y lujoso como un objet d’art, aristocrático como una pieza de colección, ambicioso y progresista como sólo lo fueron, alguna vez, ciertas “grandes novelas” latinoamericanas como Terra Nostra (sólo que “cortado” por el humor y el escepticismo borgeanos). Cuando Carlos Fuentes presente La historia en la Feria del Libro, el círculo se habrá cerrado. Caparrós no dice ni sí ni no. Recuerda: “Hace unos ocho años, en Madrid, en un coloquio sobre Carlos Fuentes, los organizadores me tomaron de sorpresa y me dijeron que, además de leer mi ponencia, tenía que hablar en la mesa redonda de clausura, el último día. Una especie de memoria y balance. Estaban Julio Ortega, Bryce Etchenique, creo que Juan Goytisolo... Yo venía a ser como el jovencito. No sabía qué decir. Y me acuerdo que, realmente sin pensarlo, sólo porque me tocó empezar a hablar, me puse a reprocharles que con la ambición que habían desplegado en los años 60 nos habían quitado a nosotros la posibilidad de ser ambiciosos. Nos habían condenado a practicar... ‘formitas’. Y tampoco podíamos inventar mundos porque ya lo habían hecho ellos, nuestros mayores; a lo sumo podíamos pagar nuestro tributo de menores y trabajar contra eso. En ese momento La historia estaba en plena ebullición, así que supongo que lo que estaba diciéndoles era: ‘Sí, yo quiero ser tan ambicioso como ustedes’ ”.

de Radar, mayo de 1999. © 1999 Página/12