lunes, 29 de agosto de 2011

El dilema del omnívoro








Por Michael Pollan



El autor

En los últimos veinticinco años Michael Pollan se ha dedicado a escribir libros y artículos acerca de aquellos ámbitos en los que se produce una intersección entre el mundo humano y el natural, como la alimentación, la agricultura, la jardinería, las drogas o la arquitectura. Es autor de Second Nature (1991), A Place of My Own (1997), La botánica del deseo. El mundo a través de las plantas (2001, traducido por Ixo Editorial), In Defense of Food: An Eater´s Manifesto (2008) y Food Rules: An Eater´s Manual (2010).
Desde 1987 es colaborador del New York Times Magazine y sus artículos han recibido numerosos galardones. También ha publicado en Harper´s, Mother Jones, Gourmet, Vogue, Travel + Leisure, Garden Illustrated y House & Garden. Asimismo, ejerce como profesor de redacción en la facultad de periodismo de la Universidad de Berkeley, California y se dedica a dar las conferencias sobre alimentación, agricultura y jardinería.
El dilema del omnívoro fue incluido en la lista de los diez mejores libros del año por el New York Times y el Washington Post. También ganó el California Book Award y el James Beard Award y fue finalista del National Book Critics Circle Award. Asimismo, el libro fue una de las bases sobre las que se apoyó el documental Food Inc., nominado al Oscar en el año 2009 y en el Michael Pollan ejerció como asesor.
¿Qué deberíamos comer?
A lo largo de El dilema del omnívoro Michael Pollan trata de dar respuesta a esta, en apariencia, simple pregunta. Nuestra condición de omnívoros nos permite comer prácticamente todo lo que podamos encontrar en la naturaleza (o en el supermercado), por lo que el acto de decidir qué es lo que deberíamos comer inevitablemente nos provoca ansiedad, especialmente cuando algunos de esos alimentos podrían acortar nuestra vida.
El dilema del omnívoro se reproduce cada vez que decidimos ingerir o no una seta silvestre, pero también cuando consideramos la información nutricional que aparece en las cajas de cereales, cuando nos disponemos a ponernos a dieta para adelgazar (¿baja en gras o en hidratos de carbono?), cuando decidimos comer en McDonald´s o en un asador tradicional, cuando valoramos los costes y beneficios de comprar fresas orgánicas o convencionales o cuando determinamos si es éticamente defendible o no consumir carne.
Para responder a esa pregunta inicial Michael Pollan recorre desde su origen hasta el plato las diversas cadenas alimentarias de las que dependemos. Investiga a fondo la industria de los alimentos para descubrir qué se esconde exactamente tras la aparente variedad que encontramos en nuestros supermercados y por qué la fast food resulta tan barata; analiza el creciente negocio de la comida orgánica para averiguar si las idílicas estampas que se describen en sus etiquetas responden a la realidad; trabaja en una granja ultraorgánica sacrificando pollos; se convierte temporalmente en vegetariano; aprende a cazar y sale en busca de setas silvestres para autoabastecerse…
Las sorprendentes respuestas que Michael Pollan ofrece a ese ¿qué deberíamos comer? tienen profundas implicaciones políticas, económicas, psicológicas e incluso morales que nos llevan a considerar el simple acto de elegir nuestra comida desde una perspectiva totalmente distinta.

Prólogo de Andoni Luis Aduriz
Cuando empecé a estudiar cocina no podía imaginar la cantidad de lugares que la profesión me permitiría conocer. Supuse que mi vínculo con la gastronomía me llevaría, como mucho, a viajar mentalmente.
Sabía que cerrar los ojos y recrearme en las texturas y los sabores de una receta era un poderoso mecanismo de evocación que me posibilitaría visitar parajes lejanos sin despegarme de la mesa.
“La cocina de un país es su paisaje puesto en la cazuela”, al menos así lo era cuando el escritor
Josep Pla subrayó esta idea.
En contra de lo que pensaba cuando empecé, mi trabajo me ha conducido mucho más allá de las fronteras de la imaginación y en los últimos 20 años he visitado más de 40 países en los cinco continentes.
Traducido al lenguaje de los entusiastas de la cocina, significa que he tenido la oportunidad de degustar diversos productos, comer en grandes restaurantes y recorrer decenas de mercados de todo el mundo, lo que me ha ayudado a entender mejor algunas culturas y situaciones. Lo que nos llevamos a la boca no sólo indica quiénes somos, sino que pone de manifiesto inquietudes y transforma los espacios donde se distribuyen los alimentos en inventarios que refl ejan con precisión una sociedad.
Si bien es cierto que el desarrollo de muchos países ha transformado el estilo de vida de sus gentes y su manera de relacionarse con la alimentación, todavía hay espacios que no han sucumbido al imparable avance de los centros comerciales. Se trata de los mercados, lugares donde se preserva el fondo y la forma de los ingredientes que durante generaciones han construido una parte de nuestra idiosincrasia.
Recuerdo muy a menudo lo que disfruté paseando por el genuino mercado de Ver-o-Peso en la ciudad brasileña de Belém de Pará, que, a pesar de ser el mayor mercado abierto de Suramérica, ofrece muchos productos selváticos procedentes del Amazonas. Ver tantos ingredientes de origen silvestre es sentir la resonancia del pasado, del tiempo en el que el hombre no dominaba la agricultura y la ganadería y era cazador-recolector. Se trata de algo realmente inédito en los tiempos que vivimos, donde se huye de la propia realidad de los productos, que se transforman y cuyos nombres cambiamos con el fin de alejarlos de su origen animal.
A pesar de la distancia y las diferencias que lo separan de Asia, encontré en el mercado de Surquillo, en Lima, cierto paralelismo en colorido, diversidad y singularidad con algunos mercados de Birmania, Indonesia y la China rural. Su capacidad de reflejar unos rasgos sociales únicos y complejos los hermana más allá de los productos y sus elaboraciones particulares.
En una visita a la Central de Abastos de México D.F. entendí que la magnitud también tiene afi nidades. Con 30.000 toneladas diarias de productos perecederos, su dimensión liga perfectamente con la del mercado de pescados de Tsukiji en Tokio, por donde pasan cada día mil toneladas de pescados y mariscos de 450 tipos diferentes y procedentes de todos los mares del planeta. Estos lugares dan pistas de la magnitud de la ley de la oferta y la demanda en entornos de gran presión demográfica, una realidad que no se puede obviar tras conocer que hay estudios que estiman que en 40 años dos tercios de los más de 9.280 millones de personas que habrá en la Tierra se aglomerarán en ciudades. Un dato
extraordinario si se compara con el 3% que las habitaba en 1800.
A otra escala, el mercado Nadi en Fiji se me mostró como un eco de la mundialización. Comerciantes indígenas convivían con otros de origen indio, chino e indonesio que, además de las populares raíces de Kava, exponían todo tipo de productos asiáticos, dando a la internacionalización rango de naturaleza cotidiana. Los bazares de Khan El Khalili en El Cairo, el zoco de Marrakech, la plaza de Limassol en Chipre y de Misir Carsisi en Estambul me revelaron las heterogéneas caras de oriente, donde los exóticos aromas de las mezclas de especias comparten espacio con hierbas, polvos y resinas medicinales, pasteles azucarados, cítricos y una gran variedad de frutos secos. La relación de la alimentación con la salud no ha llegado de la mano de los productos funcionales, sino que existía mucho antes.
Los viajes también me han enseñado que en las regiones económicamente más prósperas, como Estados Unidos, Europa, Australia, Nueva Zelanda y las zonas florecientes de Oriente Medio, la propuesta alimentaria se iguala. La noción de un bienestar apuntalado sobre conceptos de comodidad, rapidez y precio ha trasladado a las grandes superficies la comercialización de la mayoría de los alimentos, separando un poco más, si cabe, al comensal del origen de los mismos.
En este marco, el desconocimiento y desinterés por lo que se consume se agrava cuando el consumidor establece una relación con los productos como si fueran manufacturas industriales sin relación con el medio natural. La consecuencia es una presencia masiva de alimentos uniformes derivados de procesos industrializados que buscan un suministro regular durante todo el año a un precio estable; género de aspecto, sabor y olor constante que se consigue produciendo intensivamente y monopolizando cultivos y manufacturas.
Los restaurantes tampoco escapan a esta realidad. Es normal encontrar en las cartas de Nueva York, Copenhague, Auckland, Berlín, París o Dubai ostras bretonas, tartufo blanco del Piamonte, vieiras escocesas, atún mediterráneo, aceto balsámico de Módena, foie gras landés, carne wagyu australiano, jamón ibérico español, aceite italiano, quesos franceses y vinos chilenos. De hecho, tanto en Moscú como en Abu Dhabi nos resultó más fácil probar salmonetes franceses que pescado autóctono, lo que evidencia que se está estableciendo un mercado global también en el ámbito doméstico. Se está dando la paradoja de que los pescadores del Cantábrico no pueden vender sus capturas de caballa o anchoa de excepcional calidad, mientras que sus hijos comen en los comedores escolares, a pocos metros de la lonja, panga vietnamita. Todo quedaría en una simple anécdota si no fuese porque esta situación generalizada tiene implicaciones perversas que afectan al medio ambiente, a la salud y al patrimonio cultural de las personas.
Los intereses comerciales están logrando que la perca y la tilapia del Nilo, proveniente del lago Victoria, dominen los menús del día; que el salmón chileno, los langostinos argentinos o el cordero neozelandés presidan nuestras mesas festivas descomponiendo toda la red del comercio y producción local. O, como cuenta Pollan en este libro, que la red de establecimientos fast food modifique nuestros hábitos alimentarios.
Todo esto apunta hacia una realidad cada vez más manifiesta: cuanto mayor es el desarrollo económico y más intereses mercantiles e industriales hay en juego, más intensiva es la producción, mayor es la exposición a intereses especulativos y más kilómetros hacen falta para transportar los productos. Esto provoca, en paralelo, una reducción del sector primario tradicional y de la diversidad, y, en lo que respecta al ciudadano, produce un cambio en la percepción del tiempo, de tal manera que la inmediatez se convierte en un valor fundamental en la relación con la comida.
La batalla alimentaria, cubierta de implicaciones y valores tanto económicos como intangibles, no es tan cándida como nos gustaría y dificulta la búsqueda de culpables. Alimentarse es una disputa que se
establece en términos múltiples y complejos donde la forma de vida, el valor iconográfico de los productos y la economía se entrelazan con el miedo a la mala salud, a dilapidar recursos naturales y a abandonar un patrimonio cultural forjado durante mucho tiempo.
Dentro de unas décadas se considerará una excentricidad irracional el hecho de que una persona de 80 kg. se desplazase en un vehículo de 2.000, utilizando la energía necesaria para desplazar 2080 kg. en
mover un peso 25 veces menor. Llamará la atención que un ciudadano de Canadá consumiese 800 litros de agua a diario mientras que un astronauta necesitaba sólo 12. También escandalizará saber que bacalaos pescados en Rusia se despiezaban en China, se cocinaban en Francia y se consumían en el Reino Unido. Por no hablar de la paradoja que se esconde tras la patata o el maíz, ingredientes domesticados por pueblos indígenas americanos sumidos en la pobreza que ven cómo grandes multinacionales cotizan en bolsa gracias a la venta de productos derivados de los mismos. ¿Dónde quedaron los derechos de autor alimentarios?
Nuestra necesidad de comer distinto y rápido, cerca de casa, junto al cálido tránsito que nos ofrecen las marcas, logra que perdamos la percepción de lo que nos metemos a la boca y de las implicaciones
que tiene. Afortunadamente, movimientos como Slow Food y autores como Michael Pollan ayudan a mantener un hilo de esperanza, dando a conocer lo que se esconde tras la geopolítica de la alimentación y en nuestros menús. Se trata del primer paso para tomar conciencia de lo que está pasando. Gracias a su labor, cabe la esperanza de que en unas décadas el mundo sea de otra manera, un poco más racional.




El dilema del omnívoro.


Bueno para comer, bueno para pensar

 Mi encuentro con el rebozuelo –¿o sería un falso rebozuelo?– me puso en contacto con una de las cuestiones más elementales del acto humano de comer: puede ser peligroso, e incluso cuando no lo es, implica cierta tensión. La bendición del omnívoro es que puede comer un montón de cosas diferentes en la naturaleza. Su maldición es que básicamente depende de sí mismo para averiguar cuáles puede comer sin que le hagan daño.

Tal como se apunta al comienzo de este libro, el dilema, o la paradoja, del omnívoro fue descrito por primera vez en 1976, en la publicación “The Selection of Foods by Rats, Humans, and Other Animals”, del psicólogo de la Universidad de Pensilvania Paul Rozin. Rozin estudió el comportamiento de las ratas, que son omnívoros, al seleccionar su comida, esperando así llegar a entender algo acerca de la selección de comida por parte de las personas. Al igual que nosotros, las ratas se enfrentan diariamente a la abundancia de la naturaleza y a sus múltiples peligros, diseñados para que las plantas, animales y microbios puedan protegerse de quienes se los quieren comer. Para defenderse de los depredadores, las plantas y los hongos producen muchos venenos, desde cianuro y ácido oxálico hasta una amplia variedad de alcaloides tóxicos y glucósidos; de un modo similar, las bacterias que colonizan las plantas y animales muertos producen toxinas para mantener a raya a otros comensales potenciales (también, de un modo similar, los humanos fabricamos toxinas para evitar que las ratas se coman nuestra comida). En el caso de los seres que comen de un modo más especializado, la selección natural es la que se ocupa del problema de la selección de comida, predisponiendo a la mariposa monarca, por ejemplo, a considerar las asclepias como comida y todo el resto de las cosas que hay en la naturaleza como no comida. No hay emociones ni pensamientos implicados en la decisión de comer o no algo determinado. En el caso de la monarca este enfoque funciona porque a través de la digestión puede extraer de las hojas de la asclepia todo aquello que necesita para sobrevivir (incluida una toxina que hace a la mariposa poco apetecible para los pájaros). Pero las ratas y los humanos necesitan un abanico más amplio de nutrientes y por tanto deben comer un abanico más amplio de alimentos, algunos de ellos cuestionables. Cada vez que se encuentran con un nuevo alimento en potencia, se debaten entre dos emociones contrapuestas desconocidas para quienes comen de un modo especializado, cada una de ellas con su propio fundamento biológico: la neofobia, el miedo a la ingesta de algo nuevo, y la neofilia, la arriesgada pero necesaria apertura a nuevos sabores. Rozin descubrió que la rata minimiza el riesgo de lo nuevo tratando su tracto digestivo como una especie de laboratorio. Picotea una cantidad muy pequeña del nuevo alimento (asumiendo que sea un alimento) y después espera a ver qué ocurre. Evidentemente el animal posee un sentido de la causalidad lo bastante bueno (“aprendizaje retardado”, lo llaman los sociólogos) como para vincular el dolor de estómago que experimentan en el presente con lo que ingirieron media hora antes, y también una memoria lo bastante buena como para convertir ese descubrimiento en una aversión de por vida a esa sustancia en particular (por eso es tan difícil envenenar a las ratas). Quizá debería haber utilizado la misma estrategia para examinar mi rebozuelo, comer un pequeño pedazo y después esperar a ver qué pasaba.

Los primeros trabajos de Rozin sobre el comportamiento en la selección de comida postulaban que el “problema omnívoro” explicaría muchas cosas, no sólo acerca de cómo y qué comemos, sino también de quiénes somos como especie, y las investigaciones subsiguientes que él y otros han llevado a cabo, tanto en el campo de la antropología como en el de la psicología, han contribuido en gran medida a confi rmar su pálpito. El concepto del dilema del omnívoro ayuda a desentrañar no sólo las conductas simples de búsqueda de comida en los animales, sino también adaptaciones “bioculturales” mucho más complejas en los primates (humanos incluidos), así como un amplio abanico de prácticas culturales que de otro modo resultarían desconcertantes en los humanos, la especie para la que, tal como dice la célebre frase de Claude Lévi-Strauss, la comida debe ser “no sólo buena para comer, sino también buena para pensar”.

El dilema del omnívoro se reproduce cada vez que decidimos ingerir o no una seta silvestre, pero también se da en nuestros encuentros mucho menos primarios con lo presuntamente comestible: cuando consideramos la información nutricional que aparece en las cajas de cereales; cuando nos disponemos a ponernos a dieta para adelgazar (¿baja en grasas o en hidratos de carbono?); cuando decidimos probar o no la nueva receta del nugget de pollo de McDonald’s; cuando valoramos los costes y benefi cios de comprar fresas orgánicas o convencionales; cuando elegimos observar (o desobedecer) las leyes kosher o las halal3; o cuando determinamos si es éticamente defendible o no comer carne, es decir, si la carne, o cualquier otra cosa, no sólo es buena para comer, sino también para pensar.

El hecho de que los humanos seamos omnívoros está profundamente inscrito en nuestros cuerpos, a los que la selección natural ha equipado para llevar una dieta notablemente amplia. Nuestros dientes son omnicompetentes, diseñados tanto para rasgar la carne de los animales como para triturar las plantas. También lo son nuestras mandíbulas, que pueden moverse al estilo de las de un carnívoro, un roedor o un herbívoro, dependiendo del plato. Nuestros estómagos producen una enzima específicamente diseñada para descomponer la elastina, un tipo de proteína que se encuentra exclusivamente en la carne. Nuestro metabolismo requiere unos compuestos químicos específicos que, en la naturaleza, sólo pueden obtenerse de las plantas (como la vitamina C) y otros que sólo pueden obtenerse de los animales (como la vitamina B-12). Aparte de ser la sal de la vida, la variedad parece constituir una necesidad biológica para nosotros.

En comparación, los especialistas de la naturaleza pueden obtener todo lo que necesitan de un reducido número de alimentos y, muy a menudo, de un sistema digestivo altamente especializado, lo que los libera de la necesidad de dedicar mucha energía mental a los retos a los que se enfrentan los omnívoros. Los rumiantes, por ejemplo, se especializan en comer hierba, a pesar de que las hierbas por sí mismas no les aportan todos los nutrientes que necesitan. Lo que sí aportan es alimento para los microbios que habitan en la panza del animal, que a cambio proporcionan el resto de nutrientes que el animal necesita para sobrevivir. El talento del rumiante para mantenerse bien alimentado reside en sus tripas más que en su cerebro.

Aquí parece darse una compensación evolutiva entre los grandes cerebros y las grandes tripas, dos estrategias evolutivas muy distintas para enfrentarse a la cuestión de la selección de comida. El caso del koala, uno de los consumidores más melindrosos de la naturaleza, ejemplifica la estrategia de los cerebros pequeños. No necesitas demasiadas conexiones cerebrales para averiguar qué hay para cenar cuando lo único que comes son hojas de eucalipto. Al parecer el cerebro del koala es tan pequeño que ocupa muy poco espacio dentro de su cráneo. Los zoólogos sostienen la teoría de que hubo un tiempo en el que el koala llevaba una dieta más variada y mentalmente exigente que en la actualidad y que conforme evolucionó hacia su actual y altamente restringido concepto de la alimentación, su infraocupado cerebro menguó (que tomen nota los adictos a las modas alimentarias pasajeras). Para el koala, más importante que el cerebro es disponer de una tripa lo suficientemente grande para descomponer todas esas hojas fibrosas. Por la misma razón, el tracto digestivo de los primates como nosotros se ha ido acortando progresivamente conforme evolucionábamos para llevar una dieta más variada y de mayor calidad.
Comer quizá resulte más sencillo si eres un monófago de cerebro de mosquito, pero también es mucho más precario, lo que en parte explica por qué en el mundo hay muchas más ratas y humanos que koalas.

Si una enfermedad o una sequía azotan los eucaliptos por tus pagos, estás acabado. Pero la rata y el humano pueden vivir prácticamente en cualquier lugar de la Tierra, y cuando sus alimentos habituales escasean, siempre habrá otros que puedan probar. De hecho, probablemente no haya una fuente de nutrientes en la Tierra que algún humano no haya probado alguna vez: insectos, gusanos, tierra, hongos, líquenes, algas, pescado podrido; las raíces, brotes, tallos, cortezas, capullos, fl ores,semillas y frutos de las plantas; todas las partes imaginables de todos los animales imaginables, por no hablar del haggis4, la granola5 o los Chicken McNuggets (el más insondable de los misterios, que la neofobia sólo explica parcialmente, es por qué cualquier grupo humano come tan pocos nutrientes de entre las innumerables opciones que tiene a su disposición).

El precio de esta flexibilidad dietética es un circuito cerebral mucho más complejo y metabólicamente costoso. El omnívoro debe destinar una enorme cantidad de conexiones cerebrales a las herramientas sensoriales y cognitivas que le ayudan a averiguar cuáles de esos dudosos nutrientes son seguros para comer. La selección de comida implica demasiada información como para codificar cada alimento y veneno potencial en los genes. Así que en lugar de ser los genes quienes nos organizasen el menú, los omnívoros desarrollamos un complejo conjunto de herramientas sensoriales y mentales que nos ayudasen a resolver esta cuestión. Algunas de estas herramientas son bastante sencillas y las compartimos con muchos otros mamíferos; otras constituyen auténticas proezas adaptativas por parte de los primates; y otras se mueven en la borrosa frontera entre la selección natural y la invención cultural.

La primera herramienta es, por supuesto, nuestro sentido del gusto, que lleva a cabo parte del trabajo básico de rastreo de alimentos por su valor y seguridad. O, tal como Brillat-Savarin escribió en Fisiología del gusto, el gusto “nos ayuda a elegir de entre las diversas sustancias que nos ofrece la naturaleza aquellas que son adecuadas para su consumo”.

El gusto en los humanos se hace complicado, pero arranca con dos poderosas inclinaciones intuitivas, una positiva y la otra negativa.
La primera nos predispone hacia la dulzura, un sabor que indica en la naturaleza una fuente particularmente rica de energía en forma de carbohidratos.

De hecho, incluso cuando estamos saciados, nuestro apetito por lo dulce persiste, lo que probablemente explica por qué el postre aparece en la comida cuando lo hace. Para un omnívoro, cuyo gran cerebro exige una enorme cantidad de glucosa (el único tipo de energía que el cerebro puede utilizar), su condición de goloso representa un excelente medio de adaptación, o al menos así fue en otros tiempos, cuando las fuentes de azúcar eran escasas y lejanas (el cerebro humano supone el 2 por ciento de nuestro peso corporal, pero consume el 18 por ciento de nuestra energía, que debe provenir en su totalidad de un carbohidrato. Que vuelvan a tomar nota los adictos a las modas alimentarias pasajeras).

La segunda gran inclinación de nuestro sentido del gusto nos predispone contra el sabor amargo, que es el que presentan las toxinas defensivas que producen las plantas. Las mujeres embarazadas son especialmente sensibles a los sabores amargos, lo que probablemente constituye una adaptación para proteger al feto en desarrollo incluso contra las más leves toxinas producidas por las plantas que se encuentran en alimentos como el brócoli. Un sabor amargo en la lengua nos avisa de que tomemos precauciones, no vaya a ser que un veneno atraviese lo que Brillat-Savarin denominó los “fieles centinelas” del sentido del gusto.

El asco resulta ser otra valiosa herramienta para gestionar el dilema del omnívoro. Aunque desde entonces esa sensación se ha venido asociando a muchos otros objetos que no tienen nada que ver con la comida, es en la comida donde se originó y es la comida la razón de que se originase, como indica la etimología de la palabra en inglés (disgust viene del verbo francés medieval desgouster, degustar). Rozin, que ha escrito o coescrito varios artículos fascinantes sobre el asco, lo define como el miedo a incorporar sustancias ofensivas para el propio cuerpo.

Gran parte de las cosas que la gente considera asquerosas vienen determinadas culturalmente, pero al parecer algunas de ellas nos producen asco a todos, y todas esas sustancias, apunta Rozin, provienen de los animales: fluidos y secreciones corporales, cadáveres, carne en descomposición, heces (curiosamente, el único fluido corporal ajeno que no nos produce asco es aquel que los humanos fabricamos en exclusiva: las lágrimas. Basta con pensar en cuál es el único tipo de pañuelo de papel que estaríamos dispuestos a compartir). El asco supone un medio de adaptación extremadamente útil, puesto que evita que los omnívoros ingieran fragmentos peligrosos de materia animal: carne podrida que podría albergar toxinas bacterianas o fluidos corporales infectados. En palabras del psicólogo de Harvard Steven Pinker, “el asco es una microbiología intuitiva”. Pero por muy útil que resulte, nuestro sentido del gusto no es una guía del todo adecuada para saber qué es lo que podemos y no podemos comer. En el caso de las plantas, por ejemplo, resulta que algunas de las más amargas contienen valiosos nutrientes, incluso medicinas que nos pueden resultar útiles. Mucho antes de la domesticación de las plantas (un proceso en el que generalmente preferíamos la ausencia de amargor), los humanos primitivos desarrollaron diversas herramientas
para liberar la utilidad de estos alimentos, bien superando sus defensas, bien sobreponiéndonos a nuestra propia aversión a su sabor.

Esto es precisamente lo que tuvimos que hacer en el caso de la savia de la adormidera o de la corteza de sauce, que tienen un sabor extremadamente amargo y al mismo tiempo albergan potentes medicinas.

Una vez que los humanos descubrimos las propiedades curativas del ácido salicílico de los sauces (el principio activo de la aspirina) y el alivio al dolor que ofrecían los opiáceos de la adormidera, nuestra aversión instintiva al amargor de esas plantas dejó paso a la creencia cultural, aún más persuasiva, de que a pesar de todo valía la pena ingerir esas plantas; básicamente, nuestros poderes de reconocimiento, memoria y comunicación superaron las defensas de las plantas.

Los humanos también aprendimos a superar las defensas de las plantas cocinando o procesando alimentos parar eliminar sus amargas toxinas. Los nativos americanos, por ejemplo, averiguaron que si molían, ponían a remojo y tostaban las bellotas podían liberar la rica fuente de nutrientes que albergaba su amargo fruto. Los humanos también descubrimos que las raíces de la mandioca, que se defiende con eficacia de casi todos aquellos que se la quieren comer produciendo cianuro, era comestible si se cocinaba. Al aprender a cocinar la mandioca los humanos liberamos una fuente de energía en forma de carbohidratos fabulosamente rica de la que además –y esto es igual de importante– disponíamos para nosotros solos, puesto que las langostas, los cerdos, los puercoespines y todo el resto de potenciales consumidores de mandioca todavía no habían averiguado cómo superar las defensas de la planta.

La cocina, una de las más ingeniosas herramientas del omnívoro, abrió las puertas a todo un nuevo panorama de comestibilidad. De hecho, probablemente la cocina nos convirtió en lo que somos. Al hacer que estos alimentos fuesen más digeribles, al cocinar la carne de los animales y las plantas, la cantidad de energía que los primeros humanos tenían a su disposición se incrementó enormemente, y algunos antropólogos creen que el radical aumento del tamaño del cerebro del homínido que se produjo hace alrededor de 1,9 millones de años se debe a este bendito descubrimiento (más o menos en la misma época el tamaño de los dientes, las mandíbulas y los intestinos de nuestros ancestros se redujo hasta alcanzar sus proporciones actuales, puesto que ya no era necesario procesar grandes cantidades de comida cruda). Al mejorar la digestibilidad, la cocina también redujo el tiempo que teníamos que dedicar a buscar plantas y al mero acto de masticar carne cruda, liberando ese tiempo y esa energía para otros propósitos.

Por último, pero no por ello menos importante, la cocina modificó abruptamente los términos de la carrera armamentística evolutiva entre los omnívoros y las especies que nos servían de alimento al permitirnos superar sus defensas. Aparte de los frutos, que muestran un declarado interés por convertirse en la comida de otras especies (esta es precisamente su estrategia para dispersar sus semillas) y las hierbas, que agradecen que los animales las pasten como estrategia para mantener su hábitat a salvo de turbios competidores, la mayoría de los alimentos silvestres son partes de plantas o animales que no tienen el menor interés en ser comidas y que desarrollaron defensas para mantener su integridad. Pero la evolución no se detiene y quienes se las quieren comer están constantemente desarrollando contraadaptaciones para superar las defensas de las fuentes de nutrientes: una nueva enzima digestiva para eliminar la toxicidad del veneno de una planta o un hongo, digamos, o una nueva habilidad perceptiva para detectar el camuflaje de una criatura comestible. Como respuesta, las plantas, animales y hongos desarrollaron nuevas defensas para hacerse más difíciles de atrapar o de digerir. Esta carrera armamentística entre consumidores y alimentos potenciales se desarrolló a un ritmo constante hasta que los primeros humanos hicieron acto de aparición. Y es que una contramedida como la de cocinar las plantas amargas cambió por completo las reglas del juego.

Las defensas que tan trabajosamente había desarrollado una especie para evitar ser comida habían sido burladas de golpe y, en el supuesto de que pudiese levantar una nueva defensa, le iba a llevar mucho tiempo, tiempo en términos evolutivos.

Con frecuencia se cita la cocina (junto con la fabricación de herramientas y otro puñado de trucos protohumanos) como evidencia de que el omnívoro humano entraba en un nuevo tipo de nicho ecológico dentro de la naturaleza, que algunos antropólogos han denominado “el nicho cognitivo”. El término parece calculado para difuminar la frontera entre la biología y la cultura, que es precisamente de lo que se trata. Para estos antropólogos las diversas herramientas que los humanos han desarrollado para superar las defensas de otras especies –no sólo las técnicas para procesar alimentos, sino también toda una gama de herramientas y destrezas para la caza y la recolección representan adaptaciones bioculturales, así llamadas porque constituyen desarrollos evolutivos más que invenciones culturales que de algún modo permanecen al margen de la selección natural.

En este sentido aprender a cocinar las raíces de la mandioca o divulgar los conocimientos, ganados a pulso, acerca de qué setas son seguras no es muy diferente a reclutar bacterias ruminales para alimentarse a uno mismo. La vaca depende de la ingeniosa adaptación de la panza para transformar una dieta exclusivamente basada en hierbas en una comida equilibrada; nosotros, en cambio, dependemos de los prodigiosos poderes de reconocimiento, memoria y comunicación que nos permiten cocinar la mandioca o identificar una seta comestible y compartir esa preciosa información. El mismo proceso de selección natural dio con ambas estrategias; una de ellas confía en la cognición, la otra en lo que le dicen las tripas.



La ansiedad de comer

 Ser un omnívoro que ocupa un nicho cognitivo en la naturaleza es tanto una bendición como un desafío, una fuente de enorme poder, pero también de ansiedad. Nuestra condición de omnívoros fue lo que nos permitió a los humanos adaptarnos a muchos entornos diferentes en todo el planeta y sobrevivir en ellos incluso después de que nuestros alimentos favoritos hubiesen llegado a extinguirse, fuese accidentalmente o por haber tenido demasiado éxito a la hora de superar las defensas de otras especies. Al mastodonte le seguiría el bisonte y después la vaca; al esturión, el salmón y después, tal vez, alguna novedosa microproteína como el “quorn”.

El hecho de ser generalistas nos proporciona también grandes satisfacciones, disfrutes que van desde la innata neofilia del omnívoro –el placer de la variedad– a la neofobia –el confort de lo familiar–. Lo que empezó siendo un conjunto de respuestas sensoriales simples a la comida (dulce, amargo, asqueroso) lo hemos transformado en cánones de gusto más complicados que nos permiten acceder a placeres estéticos inimaginables para el koala o la vaca. Como “todo lo comestible está a merced de su vasto apetito –escribe Brillat-Savarin– la maquinaria del gusto alcanza una rara perfección en el hombre”, convirtiéndole en el “único gourmet de toda la naturaleza”. El gusto, en este sentido más cultivado, reúne a la gente, no sólo en pequeños grupos alrededor de una mesa, sino en forma de comunidades. Y es que las preferencias de una comunidad respecto a la comida –la asombrosamente corta lista de alimentos y preparaciones que considera buenas para comer y pensar– representan uno de los pegamentos sociales más fuertes de los que disponemos. Históricamente, las cocinas nacionales han sido notablemente estables y resistentes al cambio, razón por la cual el frigorífico de un inmigrante es el último lugar en el que hay que buscar señales de asimilación.

Pero la enorme variedad a la que se enfrenta el omnívoro le produce un estrés y una ansiedad también inimaginables para la vaca o el koala, a los que la distinción entre Las Cosas Buenas para Comer y las Malas les resulta algo natural. Y si bien nuestros sentidos pueden ayudarnos a establecer las primeras distinciones básicas entre los alimentos buenos y los malos, los humanos tenemos que apoyarnos en la cultura para recordarlo y tenerlo todo claro. Por consiguiente codificamos las reglas del comer inteligente en una compleja estructura de tabúes, rituales, hábitos y tradiciones culinarias que cubren desde el tamaño adecuado de las porciones hasta el orden en el que los alimentos deben ser consumidos o el tipo de animales que conviene o no comer. Los antropólogos discuten si todas estas reglas tienen algún sentido biológico; algunas, como las kosher, probablemente están diseñadas para hacer respetar la identidad de un grupo más que para proteger la salud. Pero ciertamente muchas de nuestras reglas relativas a la comida tienen un sentido biológico y evitan que tengamos que enfrentarnos al dilema del omnívoro cada vez que vamos al supermercado o nos sentamos acomer.

Ese conjunto de reglas para preparar comida que denominamos cocina, por ejemplo, especifica combinaciones de alimentos y sabores que, si se analizan, hacen mucho por mediar en el dilema del omnívoro.

Los riesgos que implica comer pescado crudo, por ejemplo, se minimizan consumiéndolo con wasabi, un potente antimicrobiano. Del mismo modo, las especias más fuertes características de muchas cocinas tropicales, donde la comida se echa a perder rápidamente, poseen propiedades antibacterianas. La práctica habitual en América Central de cocinar el maíz con lima y servirlo con frijoles, al igual que la práctica asiática de fermentar la soja y servirla con arroz, hacen que estas especies vegetales resulten mucho más nutritivas. Si no está fermentada, la soja contiene un factor antitripsina que bloquea la absorción de proteínas, lo que hace que sus habas sean indigeribles; si el maíz no se cocina con un álcali como la lima, no es posible disponer de su niacina, lo que conduce a un trastorno nutricional denominado pelagra. Tanto el maíz como los frijoles carecen de un aminoácido esencial (la lisina y la metionina, respectivamente); si se comen juntos el equilibrio se restablece. Del mismo modo, un plato que combina soja fermentada con arroz está nutricionalmente equilibrado. Como escribe Rozin “las cocinas encarnan parte de la sabiduría sobre la comida que una cultura ha acumulado”.

A menudo cuando una cultura importa las especies de las que otra se alimenta sin importar al mismo tiempo la cocina que llevan asociada y la sabiduría que encarnan, le sienta mal.
Rozin sugiere que las cocinas también contribuyen a negociar la tensión entre la neofilia y la neofobia del omnívoro. Si preparamos un nuevo tipo de alimento utilizando un conjunto de sabores conocido –cocinándolo, por ejemplo, con especias o salsas tradicionales– lo nuevo se convierte en familiar, “reduciendo la tensión de la ingestión”.

Los antropólogos se maravillan ante la cantidad de energía que se invierte en gestionar el problema de la comida. Pero, como hace tiempo que sospechan los estudiosos de la naturaleza humana, el problema de la comida está estrechamente vinculado a... bueno, a otros grandes problemas existenciales. El bioético Leon Kass escribió un fascinante libro titulado El alma hambrienta: La comida y el perfeccionamiento de nuestra naturaleza, en el que clarifica las muchas implicaciones filosóficas del comer humano. En un capítulo dedicado a la condición de omnívoro, Kass cita a Jean-Jacques Rousseau, quien en su Segundo Discurso sobre el hombre establece una conexión entre nuestra liberación del instinto en el acto de comer y el más extenso problema del libre albedrío.

Rousseau va a la caza de una pieza mayor en este pasaje, pero de paso ofrece la mejor afirmación sobre el dilema del omnívoro que se pueda encontrar:
... la naturaleza hace todo por sí sola en las operaciones de la bestia, mientras que el hombre concurre a las suyas en calidad de agente libre. La una escoge o rechaza por instinto, el otro por un acto de libertad; lo cual hace que la bestia no pueda apartarse de la regla que le está prescrita, ni siquiera cuando le sería ventajoso hacerla, y que el hombre se aparte de ella con frecuencia para perjuicio suyo. Así es como un pichón morirá de hambre junto a una fuente llena de las mejores carnes, y un gato sobre un montón de frutos, o de grano, aunque ambos bien podrían nutrirse del alimento que desdeñan si se les hubiera ocurrido intentarlo.
Así es como los hombres disolutos se entregan a excesos que les causan la fiebre y la muerte; porque el espíritu deprava los sentidos y la voluntad sigue hablando cuando la naturaleza calla.

Guiado por un instinto no natural, el prodigioso y abierto apetito humano tiende a meternos en toda clase de líos, mucho más allá de un simple dolor de estómago. Porque si la naturaleza calla, ¿cómo evitar que el omnívoro humano coma absolutamente de todo, incluyendo, lo que es más preocupante, otros omnívoros humanos? El salvajismo potencial acecha en el interior de una criatura capaz de comer cualquier cosa. Si la naturaleza no traza una línea alrededor del apetito humano, la cultura humana debe entrar en juego, como de hecho ha ocurrido, situando los hábitos alimenticios del omnívoro bajo el gobierno de los diversos tabúes (en primer lugar el tabú contra el canibalismo), costumbres, rituales, hábitos en la mesa y convenciones culinarias que se encuentran en cada cultura. Hay una conexión corta y directa entre el dilema del omnívoro y el asombroso número de normas éticas con las que las personas han tratado de regular el acto de comer desde que viven en grupos.

“Sin virtud” que gobierne sus apetitos, escribió Aristóteles, el hombre es, de entre todos los animales, “el más profano y salvaje y el peor en lo que respecta al sexo y la comida”. Paul Rozin ha sugerido medio en broma que Freud habría hecho mejor en construir su psicología alrededor de nuestro apetito por la comida, en lugar de hacerlo alrededor de nuestro apetito por el sexo. Ambos son impulsos biológicos fundamentales, necesarios para la supervivencia de nuestra especie, y ambos deben ser cuidadosamente canalizados y socializados por el bien de la sociedad (“no puedes agarrar cada bocado que te parezca apetitoso”, apunta). Pero la comida es más importante que el sexo, sostiene Rozin. Podemos vivir sin sexo (al menos como individuos), que ocurre con menos frecuencia que el comer. Como también llevamos a cabo buena parte del acto de comer en público, se ha producido una “transformación cultural de nuestra relación con la comida más compleja que la de nuestra relación con el sexo”.



El desorden alimenticio nacional en los estados unidos

 Aunque Rozin no llega a afirmarlo, todas las costumbres y normas que la cultura ha concebido para mediar en la lucha entre el apetito humano y la sociedad probablemente nos proporcionan más confort como consumidores de comida que como seres sexuales. Freud y otros echan la culpa de muchas de nuestras neurosis sexuales a una cultura excesivamente represiva, pero esta no parece ser la culpable de nuestra neurótica forma de comer. Al contrario, parece que cuanto más atormentada se hace esta, más se debilita el poder de nuestra cultura para gestionar nuestra relación con la comida.

Me da la sensación de que este es precisamente el aprieto en el que hoy estamos metidos en términos alimenticios, especialmente en Estados Unidos. En nuestro país nunca ha habido una cocina nacional estable; cada población inmigrante ha traído consigo su propia forma de comer, pero ninguna ha sido lo bastante poderosa como para establecer una dieta a nivel nacional. Al parecer nos empeñamos en reinventar el modo de comer americano en cada generación, llevando al paroxismo la neofilia y la neofobia. Esto podría explicar por qué los estadounidenses han sido presas tan fáciles para las modas alimentarias y dietas de toda condición.

Después de todo, este es el país donde, en el tránsito del siglo XIX al XX, el doctor John Harvey Kellogg convenció a muchos de sus más prósperos y mejor educados ciudadanos para desembolsar generosas cantidades de dinero con el fin de inscribirse en su legendario y chiflado balneario de Battle Creek, Michigan, donde se sometían a un régimen que incluía dietas basadas exclusivamente en uvas y enemas que se les practicaban casi cada hora. Alrededor de la misma época millones de americanos sucumbieron a la moda del “fletcherismo” –que consistía en masticar cada pedazo de comida hasta cien veces–, lanzada por Horace Fletcher, también conocido como el Gran Masticador.

Este período marcó la primera era dorada de las modas alimentarias en Estados Unidos, aunque desde luego sus exponentes no hablaban de modas, sino de “alimentación científica”, tal como en gran medida seguimos haciendo ahora. En aquella época la ciencia nutricional más avanzada sostenía que comer carne promovía el crecimiento de bacterias tóxicas en el colon; para luchar contra esos malhechores Kellogg vilipendió la carne y preparó un asalto a través de dos frentes a los canales alimentarios de sus pacientes, introduciendo grandes cantidades de yogur búlgaro por sus dos extremos. Es fácil reírse de la gente que entonces sucumbió a estas modas, pero no está nada claro que nosotros seamos menos crédulos. Todavía está por ver si la teoría de la ketosis de la escuela de Atkins –el proceso por el cual el cuerpo recurre a quemar su propia grasa en ausencia de carbohidratos– parecerá algún día tan digna de un charlatán como la teoría de la autointoxicación del colon de Kellogg.

Lo sorprendente es lo poco que hace falta para desencadenar uno de estos sonados vaivenes nutricionales en los Estados Unidos; un estudio científico, una nueva directriz gubernamental, cualquier chiflado con un título de medicina pueden alterar la dieta nacional de la noche a la mañana. Un artículo aparecido en el New York Times Magazine en 2002 provocó casi por sí solo el reciente arrebato de carbofobia en el país. Pero las pautas básicas se habían fijado décadas antes e indican lo vulnerables que somos a la ansiedad del omnívoro y a las compañías y charlatanes que se aprovechan de ella por no disponer de una tradición culinaria estable. Así que cada cierto número de décadas aparece un nuevo estudio científico que desafía a la ortodoxia nutricional imperante; de repente se descubre que ese nutriente que los estadounidenses han venido masticando tan contentos durante décadas es letal; otro se eleva a la categoría de comida sana; la industria le dedica todos sus esfuerzos; y el modo de vida dietética americano sufre de nuevo una revolución.

Harvey Levenstein, un historiador canadiense que ha escrito dos fascinantes ensayos histórico-sociales acerca de los hábitos alimenticios americanos, resume de forma nítida las creencias que han guiado el modo de comer estadounidense desde los días de apogeo de John Harvey Kellogg: “que el gusto no es una guía fiable para decidir qué deberíamos comer; que uno no debería limitarse a comer lo que le produce disfrute; que los componentes importantes de la comida no son apreciables a la vista ni al gusto, sino que sólo pueden detectarse en laboratorios científicos; y que la ciencia experimental ha producido normas dietéticas que servirán para prevenir las enfermedades y favorecerán la longevidad”. El poder de toda ortodoxia reside en su capacidad de no parecerlo y, al menos para los estadounidenses de 1906 o de 2006, estas creencias no resultan ni mucho menos extrañas ni controvertidas.

Resulta fácil, especialmente para un estadounidense, olvidar lo reciente que es esta ortodoxia nutricional o que todavía existen culturas que han comido más o menos lo mismo generación tras generación, basándose en criterios tan arcaicos como el gusto y la tradición como guía para la selección de sus alimentos. A los estadounidenses nos sorprende enterarnos de que algunas de las culturas que establecieron su trayectoria culinaria a la luz del hábito y el placer y no de la ciencia nutricional y el marketing son de hecho más sanas que la nuestra, es decir, sufren una menor incidencia de problemas de salud relacionados con la dieta.

La paradoja francesa es el caso más famoso, aunque, como apunta Paul Rozin, los franceses no lo consideran en absoluto paradójico. Los estadounidenses recurrimos a ese término porque la experiencia de los franceses –un pueblo de bebedores de vino y comedores de queso con tasas más bajas de enfermedades cardíacas y obesidad– desconcierta nuestra ortodoxia alimentaria. Esa ortodoxia considera ciertos alimentos sabrosos como venenos (hoy los carbohidratos, mañana las grasas), sin darse cuenta de que nuestro modo de comer, e incluso nuestra forma de pensar acerca de la comida, puede ser tan importante como lo que comemos. Los franceses comen todo tipo de alimentos supuestamente poco saludables, pero lo hacen según un estricto y estable conjunto de normas: comen pequeñas porciones y no repiten; no picotean entre horas; rara vez comen solos; y las comidas en común son largas y pausadas.

En otras palabras, la cultura francesa de la comida negocia con éxito el dilema del omnívoro, permitiendo a los franceses disfrutar de su comida sin echar a perder su salud.

Quizá porque en los Estados Unidos no tenemos una cultura de la comida semejante prácticamente todas las cuestiones relacionadas con la comida están en el aire. ¿Grasas o carbohidratos? ¿Tres comidas completas al día o picoteo continuo? ¿Crudo o cocinado? ¿Orgánico o industrial? ¿Vegetariano o vegano? ¿Carne o carne de pega? Productos asombrosamente novedosos llenan los anaqueles de nuestro supermercado

y la frontera que separa los alimentos de los “suplementos nutricionales” se ha difuminado hasta el punto de que la gente prepara comidas a base de barras de proteínas y batidos. Al consumir estos neo-pseudo-alimentos en solitario, en nuestros coches, nos hemos convertido en una nación de consumidores antinómicos en la que cada uno de nosotros se esfuerza por dar con su salvación dietética por separado. ¿A alguien le extraña que los estadounidenses sufran tantos desórdenes alimenticios?

En ausencia de un consenso duradero acerca de qué, cómo, cuándo y dónde debemos comer, el dilema del omnívoro ha regresado a los Estados Unidos con una fuerza casi atávica.

Esta situación le viene de maravilla a la industria alimentaria, por supuesto. Cuanto más ansiosos nos mostremos respecto a la comida, más vulnerables seremos a la seducción de los especialistas en marketing y a los consejos de los expertos. El marketing alimentario en particular se aprovecha de la inestabilidad dietética y tiende a exacerbarla. Como resulta difícil vender más comida a una población tan bien alimentada (aunque no imposible, como estamos descubriendo), las compañías de alimentación dedican sus esfuerzos a ganar cuota de mercado introduciendo nuevos tipos de alimentos altamente procesados, que tienen la doble virtud de ser enormemente rentables e infinitamente adaptables.

Comercializados bajo el estandarte de la “comodidad”, estos alimentos procesados están diseñados frecuentemente con el fi n de crear nuevas ocasiones para comer, como por ejemplo en el autobús, de camino al colegio (la barra de proteínas o el Pop-Tart), o en el coche, de camino al trabajo (Campbell’s ha lanzado recientemente una sopa con microtropezones que se calienta en el microondas, se puede tomar con una sola mano y viene en un envase diseñado para encajar en el soporte para vasos del coche).

El éxito de los especialistas en marketing alimentario a la hora de aprovecharse de las volubles pautas y modas nutricionales conlleva un alto precio. Conseguir que cambiemos una y otra vez nuestra forma de comer tiende a socavar las diversas estructuras sociales que enmarcan y estabilizan nuestra alimentación, instituciones como la cena familiar, por ejemplo, o tabúes como picar entre horas o comer solos. En su implacable búsqueda de nuevos mercados, las compañías alimentarias (con la impagable ayuda del horno microondas, que convirtió la “cocina” en algo que incluso un niño pequeño podía hacer) han despojado a Mamá del control sobre el menú norteamericano, dirigiendo sus campañas a todos los segmentos de población concebibles, y especialmente a los niños.

En una ocasión uno de los vicepresidentes de marketing de General Mills me dibujó un panorama sobre el estado actual de la cena familiar en Estados Unidos, cortesía de las cámaras de vídeo que los antropólogos que asesoraban a la compañía habían instalado en el techo de las cocinas y en las mesas de los comedores de una serie de familias a las que habían pagado a cambio de su permiso. Mamá, tal vez llevada por la nostalgia de las comidas de su infancia, sigue preparando un plato y una ensalada que habitualmente termina comiéndose ella sola. Mientras tanto, los niños, y también Papá, si es que anda por casa, se preparan algo distinto, porque Papá lleva una dieta baja en hidratos de carbono, el hijo adolescente se ha convertido en vegetariano y la hija de ocho años se alimenta estrictamente a base de pizza, un capricho que según el psicólogo conviene concederle (no vaya a ser que en el futuro desarrolle desórdenes alimenticios). Así que a lo largo de aproximadamente media hora cada miembro de la familia deambula por la cocina, saca del frigorífico su ración individual y la calienta en el microondas (muchos de estos platos han sido diseñados para que puedan ser “cocinados” sin riesgo por un niño de ocho años). Cuando suena el pitido del microondas cada comensal lleva su plato a la mesa del comedor, donde tal vez, o tal vez no, coincida con algún otro miembro de la familia durante unos minutos. Las familias que comen así pertenecen a ese 47 por ciento de estadounidenses que responden a los encuestadores diciendo que siguen sentándose a cenar en familia cada noche.

Hace varios años, en un libro titulado Las contradicciones culturales del capitalismo, el sociólogo Daniel Bell llamaba la atención sobre la tendencia del capitalismo, en su decidida búsqueda de beneficios, a erosionar los diversos cimientos sobre los que se asienta una sociedad y que a menudo impiden que la comercialización avance. La cena familiar, y en general el consenso cultural acerca del comer, parece ser la última de las víctimas del capitalismo. Todas esas normas y rituales se interponían en el camino de la industria alimentaria y de su necesidad de vender más comida a una población bien alimentada a través de nuevas e ingeniosas formas de procesarla, envasarla y comercializarla. Es difícil saber si el hecho de disponer de un conjunto de tradiciones más sólidas habría servido para resistir mejor el avance de este implacable imperativo económico; hoy en día el hábito estadounidense de consumir comida rápida está ganando terreno incluso en lugares como Francia.

Por tanto, como especie nos encontramos casi en el mismo lugar donde empezamos: omnívoros ansiosos luchando una vez más por averiguar qué les conviene comer. En lugar de apoyarnos en la sabiduría culinaria que hemos ido acumulando, o incluso en la sabiduría de nuestros sentidos, lo hacemos en la opinión de los expertos, en la publicidad, en las pirámides de alimentos del gobierno y en los libros de nutrición, y confiamos en la ciencia para resolver por nosotros algo que en otros tiempos la cultura resolvió con bastante más éxito. El talento del capitalismo ha consistido en recrear algo parecido a un estado salvaje y primitivo en el supermercado moderno y los establecimientos de comida rápida, devolviéndonos a un desconcertante y nutricionalmente peligroso entorno profundamente ensombrecido, una vez más, por el dilema del omnívoro.

 

miércoles, 20 de julio de 2011

ARGENTINISMOS
















Por Martín Caparrós




«No nos importan las críticas, no nos importan los agravios, no nos importan las calumnias, porque ¿quiénes son los que agravian, los que difaman, los que calumnian? Son aquellos que nunca hicieron nada, que cuando les tocó hacer algo no lo hicieron, por incapacidad y por impotencia, hasta diría yo por cobardía. Yo les puedo dar la más absoluta certeza de que los que hemos asumido la responsabilidad de incursionar en la política y hacer una realidad de esos sueños a través de la utopía, así vengan degollando no nos vamos a apartar de la huella, y no nos vamos a fugar del gobierno. A nuestro pueblo le quedan dos opciones este mes de octubre: o votar para atrás y volver a la época de la guitarra y de las falsas promesas, o votar para adelante, que es esta realidad, esta Argentina que crece, que se proyecta, que se desarrolla.»

Era una cena placentera, tan normal. Junio de 2008; en pleno conflicto campestre, Margarita y yo comíamos con dos parejas de amigos de siempre —décadas de cariño. Charlábamos, hasta que alguien dijo algo sobre el tema del momento. Entonces T. —llamémoslo T.— me miró y dijo que mejor no habláramos de eso: yo sé lo que pensás, me dijo, yo pienso distinto, nos vamos a pelear. Yo le dije que cómo no íbamos a hablar, que éramos amigos, que siempre habíamos hablado; él insistió que mejor no; yo le dije que si dos amigos no podían intercambiar opiniones políticas todo estaba perdido. Tenía sentido —parecía que tenía sentido— y T. terminó por aceptarlo. Así que nos pusimos a debatir el asunto del campo; él apoyaba con ardor al gobierno, yo no. Media hora más tarde estábamos a los gritos, insultos, enojos espantosos. Nos dijimos cosas feas; no volvimos a vernos.
Poco a poco, ese tipo de situación se nos hizo lugar común y pasó a tener un nombre propio: la palabra crispación se hizo frecuente en el idioma de los argentinos. La palabra crispación encierra muchas cosas: la decisión de un gobierno que pensó que enfrentar era una buena táctica de poder, la tozudez de una oposición que suplió la falta de ideas e iniciativas con la crítica a mansalva, la confusión de ciertos discursos y relatos y, sobre todo, situaciones como aquélla: peleas entre parientes, entre amigos, entre pares, enfrentamientos a los que las opiniones políticas proveyeron una violencia inhabitual, inesperada.
Hemos perdido —si es que alguna vez la tuvimos— la capacidad de debatir. Se agravia, se amenaza, se putea en arameo, pero es muy difícil discutir alguna idea. Gente con la que tantas veces estuve de acuerdo ahora me odia; cuando quiere ser amable me trata sólo de traidor. Gente que respeto ve en este gobierno cualidades que no consigo percibir ni un poquitito. Gente que no respeto en absoluto le critica aspectos que yo también criticaría —y entonces reviso mis críticas. Me gustaría tanto —me aliviaría tanto— poder estar a favor de alguno de ellos, saber dónde está el bien y dónde el mal. La vida es mucho más fácil cuando uno sabe dónde está el bien y dónde el mal. En busca de esa facilidad la gente se hace religiosa, patriota, hincha de fútbol.
Por eso me descubro añorando subir a esos banquitos, perorar con verdades, libertades, grandes palabras de alguna moral. Los envidio —de verdad los envidio—: quién pudiera tener esas certezas más o menos férreas, más o menos ciegas. Es tan bueno tener certezas, saber cómo es el mundo, poder catequizar —y ser coherente con lo que uno dice. Y es tan buen negocio tener certezas: podés venderlas bien en el mercado de certezas —los medios, la verdulería, los empleos, las prebendas— y siempre hay gente que te quiere por tus certezas, lo firmes, lo bien expresadas, lo valientes que son.
Yo no lo logro, últimamente, y me desespero más porque no quiero situarme en el medio, no quiero pensarme neutral, templado, calmo; al contrario, me gusta embarrarme, embanderarme. Lejos de mí postular que hay dos demonios y que quiero mantenerme equidistante. No quiero, y además en este caso creo que hay uno solo, el mismo tipo de demonio: unidades de negocios y poder que se pelean por un solo queso a gritos de principios. Y que, encima, te miran con odio o con pena si no apoyás sus argumentos, si no te alineás del lado donde, sin duda, anida la verdad justo antes de lanzarse en proceloso vuelo. No es mentira, no es ironía barata: de verdad me gustaría ser uno de ellos. Mi vida, palabra, sería mucho más fácil.
O, en su defecto, desentenderme: decidir que la política es definitivamente una basura para basureros, que a mí qué me importa, que yo igual me las rebusco más o menos bien y que se cuelguen todos del sauce más florido. Pero tampoco puedo: hay algo en mi formación, supongo —y en la formación de miles y miles de argentinos, espero— que me haría sentir alguna especie de canalla si lo hiciera. Así que sigo interesándome, tratando de entender, recibiendo cachetazos varios.

Me siento, en síntesis, colgado del pincel —y sospecho que nos pasa a muchos, estos días. Yo, al menos, suelo descubrirme dolido y perplejo. Dolido por la violencia de esos enfrentamientos, por la rapidez con que el insulto reemplaza cualquier argumento. Perplejo, porque no entiendo por qué tanto.
No descarto la necesidad de la violencia como desgraciado instrumento de la historia. Más adelante voy a tratar de discutirlo pero, en síntesis, creo que hay cambios que no se pueden hacer sin enfrentamientos, porque todo cambio social y económico supone que haya sectores que perderán parte de lo que tienen —sus privilegios, su dinero, su capacidad de dictar las leyes y las normas— y no suelen resignarlo sin pelear. Los cambios importantes han requerido siempre cierta dosis de violencia; es una lástima, pero los hombres todavía no hemos inventado otra manera. Lo que no entiendo, en este caso, es tal enfrentamiento por tan poca cosa. Tanta pólvora, tan tristes chimangos.
Sobre esa situación anómala, esa aparente contradicción, quiero pensar en estas páginas. No quiero contar pequeñas historias de curros o engañitos. Quiero tratar de pensar. Por suerte, no siempre me sale. Pero creo que vale la pena intentarlo, equivocarse, intentarlo otra vez.

El formato de este libro es casi simple: voy a explorar las palabras que, estos últimos años, ocuparon buena parte de la escena, para pensar qué dicen esas palabras que se nos fueron haciendo cotidianas con un sentido que no es el que solía. Son palabras que se han vuelto argentinismos: progresismo, modelo, lagente, política, campo, democracia, derecho sumanos, peronismo, relato, militancia, kirchnerismo, futuro, Él, trucho, setentismo —y varias más: quiero tratar de saber qué decimos cuando decimos lo que decimos. Indagar en esos sentidos nuevos —intentar armar con ellos un panorama de la Argentina actual— es la trama que sostiene estas páginas. Donde el peronismo actual —el llamado kirchnerismo— ocupa mucho espacio por las razones obvias: es lo más decisivo que pasó en la Argentina en los últimos años. Si me intereso tanto menos por su oposición más institucional —peronistas varios, radicales, boquipapas— no es porque los sienta más cercanos sino, más bien, porque no creo que valga la pena dedicarles mucho tiempo.
Dudé mucho en escribir este libro, que seguramente no convencerá de nada a nadie. Imagino que los que estén de acuerdo encontrarán argumentos que los reafirmen, el alivio del reconocimiento; los que no, supongo, buscarán los patinazos que puedan servirles para descalificarnos —al libro y a mí. Está claro que ésta es una de esas veces en que la situación política de un país se transforma en algo demasiado personal para demasiadas personas —y yo entre ellas.
Por eso quiero aclarar, antes que nada, desde dónde hablo. No hay nada más incómodo que tener que explicar la propia posición, pero aun así quiero decir que yo fui uno de esos que tuvimos que dejar la Argentina mientras el matrimonio Kirchner hacía buenos negocios, de esos que criticábamos al peronismo de Menem mientras el matrimonio Kirchner y su gobierno peronista hacían buenos negocios, de esos que trabajábamos para recuperar la historia reciente mientras el matrimonio Kirchner prohibía en su capital marchas de las Madres.
Y quiero decir que nunca voté peronista —lo cual significa que no voté al doctor Luder, que no voté al doctor Menem, que no voté al doctor Duhalde, que no voté a los doctores Kirchner—; que nunca tuve un cargo público; que nunca recibí dinero de ningún grupo político. Y —disculpen que lo diga— que he dejado por lo menos una docena de empleos pero nunca escribí nada que no pensara, que no pudiera sostener. Me incomoda decirlo, pero últimamente no se puede dar nada por sentado.
Por eso vale la pena parar y pararse, pensar qué es lo que uno piensa. Sé que estoy perplejo. Pero, además, estoy molesto, inquieto, irritado: me persigue la sensación de que algo está muy mal en la Argentina y que mucha gente muy respetable se resiste a verlo.
No lo ven, y entonces dudo de lo que creo que veo. El kirchnerismo es, para mí, una cura de humildad. Cuando era muy chico e intentaba ser revolucionario y peronista, con perdón, siempre había algún viejo —¿treinta, cuarenta años?— zurdo aguafiestas que venía a decir que el peronismo era la forma en que los patrones argentinos más inteligentes o más temerosos habían desviado y desarmado las reivindicaciones obreras para que no amenazaran al sistema capitalista. Yo, por supuesto, entendía que el pobre tipo no entendía la historia y lo miraba por encima del hombro con desdén y un poco de cabreo. Ahora, muy a menudo, me siento como aquellos viejos, y no siempre me gusta. Y peor: si el peronismo de izquierda era una versión descafeinada, mistificada de los grandes movimientos obreros, el kirchnerismo aparece como una versión mistificada, descafeinada de aquel peronismo: reflejo del reflejo, degradación platónica.

Pero, mientras lo pienso, me perturba la sensación de que hay algo importante que me escapa y me escapa. Este libro es el efecto de esa perplejidad que no se rinde, el resultado de una incomodidad que no me suelta: por qué no consigo apoyar a un gobierno que, aparentemente, hace ciertas cosas que yo apoyaría —y que, incluso, llevo años esperando.
La clave, creo, está en la palabra aparentemente. No recuerdo en la Argentina un gobierno que pusiera más distancia entre el discurso y la práctica. Lo creo, pero a menudo dudo: me pregunto si hay cosas que no consigo ver y que justifican el hecho de que todas esas personas que respeto —y todas esas que no, faltaba más— estén convencidas de que el kirchnerismo es un movimiento que vale la pena apoyar. Entonces vuelvo a dudar —y, ahora, lo hago en público. No soy neutral; nunca lo fui, no quiero serlo. Tengo ideas, sólo que trato de desconfiar de ellas: de ponerlas a prueba. Entre las cuatro o cinco cosas que defiendo, la duda tiene un lugar central: reivindico sin dudar la duda como forma de conocer el mundo. Si algo del «setentismo» realmente ha vuelto en estos años, es el imperio de la afirmación tajante. No sólo entre los supuestos setentistas; también entre sus adversarios más o menos liberales. Yo, insisto, reivindico la duda: por eso este libro es, en última instancia, un panfleto dudoso, una búsqueda porfiada de las preguntas pertinentes.
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DEMOCRACIA

sust. fem. sing., argentinismo: régimen político basado en la entrega del supuesto poder ciudadano a un pequeño grupo de especialistas altamente desprestigiados, llamados políticos. Se sostiene en un mito que pretende que el pueblo gobierna porque una vez cada tanto vota por esos políticos, transformados en candidatos de quienes nadie espera que cumplan lo que prometen.
En la Argentina, la democracia tal como la practicamos —la democracia realmente existente— se instauró en 1983. La historia oficial querría convencernos de que fue el resultado de una tremenda presión popular en su favor —las «luchas por la recuperación de la democracia»— y solemos creerlo. Los mitos tienen la capacidad de imponerse a las evidencias: todos sabemos que los militares de la dictadura tuvieron que retirarse porque se equivocaron en sus decisiones económicas y militares: de no haber sido por sus tablitas y su guerra de Malvinas, quién sabe cuántos años habrían durado en el poder. Su retirada, de todos modos, parecía razonable: sus matanzas habían garantizado que el poder de sus patrones no se vería amenazado y que ya no eran necesarias sus armas para sostenerlo: que un régimen más tolerante podría funcionar sin peligros para los más ricos. Porque, a través de esas matanzas, los militares habían acabado con buena parte de los que podrían cuestionar ese poder —militantes y, sobre todo, militantes sindicales—, y habían creado un clima de miedo que no se disiparía rápidamente. Es probable que, aun así, habrían preferido quedarse un tiempo más. Pero los ricos argentinos fueron enormemente ingratos con sus mejores servidores y —a diferencia de los chilenos, por ejemplo— una vez hecho el trabajo sucio los dejaron caer.
Esa mezcla de errores, deber cumplido e ingratitud abrió las puertas al «retorno de la democracia» —y ese retorno también es semimítico. En todo caso, nunca estuvo muy claro desde dónde volvió, dónde había estado. Entre 1930 y 1983, la Argentina tuvo muy poca democracia: en esos 53 años hubo sólo dos elecciones según las reglas, y las dos tuvieron lugar en gobiernos peronistas que intentaban reelegirse, noviembre de 1951 y septiembre de 1973 —y las dos llegaron al mismo resultado: las ganó el general Perón con el 62% de los votos. Las demás, contadas, elecciones fueron un festival de fraudes y/o exclusiones. El resto fueron golpes y gobiernos militares.
Y sin embargo, la instauración democrática de 1983 sigue llamándose «retorno de la democracia». En esa descripción está la base de la idea: la democracia no es una elección, no es una de las opciones posibles; es la condición de base, la esencia de nuestra forma de gobierno, que existe más allá de que exista: cuando no está en acto es porque alguna excepción la ha suspendido, pero sigue vigente, latente. Hasta que vuelve.

Cuando llegó la democracia, muchos argentinos esperaban grandes cosas de ella. Fueron esas elecciones que un candidato alfonsinista pudo ganar repitiendo que «con la democracia se come, se educa, se cura». Era conmovedor. La democracia equivalía a justicia social, a vida digna: la política era, entonces, el instrumento para acceder a esas delicias.
Y después, poco a poco, empezamos a ver que la democracia no producía nada de eso. En realidad, estos veintiocho años de democracia son la historia de cómo fuimos aprendiendo que esa frase no era cierta. Y más aún: que su política económica se parecía demasiado a la que habían llevado adelante los dictadores y que, por lo tanto, sus efectos sociales eran semejantes pero cada vez peores. Los militares habían empezado un trabajo; los políticos democráticos lo continuaron sin mayores cambios. Tenían mucho que hacer: transformar un país donde el Estado y una muy relativa equidad social garantizaban alimentación, salud, educación, vivienda, empleo, en una selva donde los pobres se morían de pobreza. En 1975 había 26 millones de argentinos, y un millón de ellos eran pobres, el 4%. En 1997 éramos 37 millones y 9 millones de pobres, el 26%. En 2010 somos 40 millones y hay 12 millones de pobres, el 30%. Para que ese proceso fuera tolerado por la población había que acabar con lo único que podría oponerse: la actividad política.
Los militares habían sentado las bases del trabajo; los políticos de la democracia lo completaron. El golpe fue, durante décadas, la forma de reafirmación del poder de los ricos argentinos cuando se veían amenazados. En los ochenta y, sobre todo, en los noventa, comprobaron que la tarea de los militares de los setenta había sido tan eficaz que ya no precisaban esos sobresaltos: la democracia de delegación les daba la posibilidad de gobernar y hacer todos los negocios que querían sin que ninguna oposición amenazara sus posiciones.

De dónde, una definición: democracia es un argentinismo que significa algunas cosas y, sobre todo, no significa tantas otras. Como bien dice Perogrullo —y muchos se resisten a creerle— democracia no quiere decir igualdad social, no quiere decir repartición de la riqueza, no quiere decir justicia para todos, no quiere decir comida para todos, no quiere decir salud para todos —o no necesariamente. Hay algunas sociedades democráticas donde hay algo de eso, y hay cantidad de sociedades muy democráticas donde no, porque democracia no significa eso: la democracia es una forma de gobierno, que se puede usar para estructuras socioeconómicas diversas.
La democracia, en principio, sólo garantiza ciertas libertades básicas: la libertad de expresión, la libertad de circulación, la libertad de delegar el poder de los ciudadanos a unos representantes nombrados en elecciones. Eso no la hace ni mejor ni peor: es lo que es. Como quien quisiera criticar al pinche guacamole de Chihuahua porque no sirve para pintar las paredes de los escuelas rurales misioneras. Digo: la democracia es una forma de organización de la participación ciudadana en el poder, una forma de contrato político que regula el funcionamiento de un gobierno y los derechos del Estado y de sus súbditos. No es una decisión sobre la justicia o injusticia de que algunos tengan todo y otros nada, que unos coman y otros no, que unos vivan y otros menos. Pero la confusión insiste: se habla de la democracia como si la democracia fuera todo eso —o al menos una buena parte. Y la pobre no es. Sobre todo: no es un fin —porque define muy poquito—; puede ser —si lo es— un medio para obtener otras cosas. Aquellas que no es, sin ir más lejos.

Así, la democracia se fue convirtiendo en una rutina desesperanzada: un mecanismo para decidir lo mismo que decidían los dictadores pero sin represión. «Mi estupidez avanza» —escribí, confesional, en abril de 2003. «Tardé años y años en entender que tenían razón los muchachos del norte cuando decían que le debíamos la democracia al modelo neoliberal. Y eso que la operación fue bastante sencilla.
»Los militares primero, sus continuadores liberales después, se cargaron el Estado argentino: destruyeron su capacidad de regular la vida política y social, entregaron su poder de decisión a los deudores externos y los ricos nacionales, regalaron sus empresas y recursos. Achicar el Estado es agrandar el país, decían, convencían. Así que consiguieron un país que debió llegar a ser enorme y un Estado que pasó a valer —casi— nada, en términos de poder real.
»Por eso pudieron entregar el miniestado a personajes poco confiables, por un lado, y a los —muy relativos— azares del voto, por otro. Hasta los años setenta, cuando el Estado era la llave del poder en la Argentina, los ricos lo defendieron con uñas y dientes: golpes, matanzas, proscripciones. Después pasó a importarles mucho menos. Achicar el Estado quizá no fuera agrandar el país, pero sí consolidar la democracia: total, no importa quién gobierne ese aparato devaluado. El verdadero poder no está por esos lados.
»La democracia es un lujo que pueden darse porque el gobierno gobierna muy poquito. En la peor de sus hipótesis, si una fuerza hostil se apoderara del Estado sería muy poco lo que podría hacer con él. La democracia latinoamericana es un producto del neoliberalismo: el desdén por un aparato de Estado que el programa liberal dejó liliputiense. La verdadera política —las decisiones verdaderas— están en otra parte.»
Que es una forma de preguntarse cómo se inventa una democracia que sirva para ejercer algún control —decidir algo— sobre los poderes mundiales relamente existentes. Cómo se adapta —si es que puede adaptarse— un mecanismo que corresponde —y mal— a un período en que los estados nacionales tenían cierto poder de decisión. Ahora, mundo globalizado, empresas mayormente extranjeras, flujo de capitales, bancos internacionales, los estados pobres deciden muy poquito. La democracia tal como la conocemos está cada vez más lejos de poder manejar esas variables; los ciudadanos, que ni siquiera manejan esta democracia, ya ni siquiera pueden hacerse la ilusión de que manejan las decisiones que, a su vez, manejan sus vidas.

A la democracia, además, le falta una de las grandes ventajas de las dictaduras: que permiten el consuelo de extrañar la democracia, la esperanza de que en democracia todo va a ser mejor. En democracia, en cambio, uno de los argumentos principales para defenderla es el miedo a esa dictadura. Es, sobre todo, el recuerdo del horror el que ha hecho de la democracia un tótem indiscutible: nuestra religión cívica. Es difícil vivir sin certezas absolutas, sin un valor incuestionable, sin alguna convicción definitiva —dicen que en algo hay que creer. El problema de las certezas absolutas es precisamente ése: que son certezas, que son absolutas, o sea: que obturan la posibilidad de pensarlas, la posibilidad de revisarlas. Y en general lo que nos impide pensarlas, revisarlas es el miedo.
Es triste pensar desde el miedo —pero es lo más frecuente: el miedo siempre ha sido uno de los grandes motores de la reflexión. No hay nada más humano que el miedo: si algo nos distingue de otros animales es esta asombrosa capacidad de prever y, por lo tanto, de temer. El miedo a la muerte, el miedo al sinsentido, el miedo a la inmensidad tan oscura y ajena han producido algunas de las mayores construcciones de la cultura humana: las religiones, tanta filosofía. El miedo, está claro, nunca ha sido zonzo —así que tira brutas piedras y esconde sus manos. El problema es cuando se ve la hilacha en sus tejidos.
—Ya le dije, qué bueno que tenemos democracia.
—¿Ah, sí, por qué?
—Y, porque tenemos democracia.
—¿O sea?
—¿Cómo, todavía no entendió? Porque no tenemos dictadura.
Para eso sirve también recordar los horrores: para recordarnos que debemos pensar la democracia en función de la dictadura, que no debemos compararla con ella misma sino con el espanto que la precedió. O sea: para convencernos de seguir pensando desde el miedo de ese horror y, por lo tanto, mantener que cualquier cosa va a ser mejor que aquello.
Así se construye el culto de la democracia, único dios. Ese miedo es uno de los efectos más fuertes, más eficaces de la represión militar de hace treinta años: instalar en la famosa Memoria (véase «Setentismo», pág. 79) la idea de que cualquier tentativa distinta es peligrosa, la idea de que no hay otra opción que el capitalismo con delegación política o, dicho de otro modo: esta democracia de delegación. Para eso sirvieron, también, aquellos crímenes: para convencernos de que preguntar, cuestionar, dudar es peligroso —y que mejor conformarse con lo que hay. Es la función primera, fundante, del Factor Dictadura —pero, por supuesto, no la única.
—Pero usted vio lo que fueron los otros sistemas. Un desastre. ¿Qué quiere, que seamos como Rusia? Ya sabe: puede que la democracia no sea buena, pero todos los demás son peores.
—¿Y usted cómo lo sabe? ¿Usted conoce todos los demás?
—Claro, cómo no los voy a conocer.
—Nadie puede conocer lo que no existe.
Ésa es la otra parte del truco: convencernos de que hay que comparar con lo que conocemos. Lo que hizo que la humanidad cambiara un poco a través de los últimos diez mil años fueron esos nabos que compararon con lo desconocido: con la imaginación, con los deseos. Si no fuera por esa actitud estaríamos muy cómodos rumiando pterodáctilo a la piedra en el living de la caverna 26. O, con suerte, seríamos súbditos del rey de España y su metrópolis y nos la estaríamos pasando bomba pipa.
Abundan los que citan, supuestamente, a sir Winston Churchill, duque de Marlborough, último gran imperialista británico: dicen que dijo que «la democracia es mala, pero no hay ningún régimen mejor». La trampa sofista es evidente. Lo mismo podría haber dicho Séneca, un suponer, en Roma, año 64: el esclavismo es feo pero no hay nada mejor. O Pascal, París, 1650: la monarquía absoluta tiene sus problemas pero no hay nada mejor. Y habrían tenido razón, probablemente: no había, en cada uno de esos momentos, nada mejor. Lo que los dejó atrás —lo que hizo que los hombres ya no fueran propiedad de otros, o que un solo hombre dejara de tener derecho de vida y muerte sobre todos los demás por la gracia de Dios— fue la convicción de que esos regímenes eran peores que otros que todavía no se conocían, que sólo podían, entonces, ser imaginados, ser buscados.

En la Argentina, la democracia de delegación produjo el período presidencial más largo de nuestra historia, el de aquel candidato que ganó elecciones prometiendo una revolución productiva y pudo terminar la destrucción del aparato productivo, de la red de transportes, de la educación y la salud públicas, y dedicarse a la venta del patrimonio —agua, petróleo, aviones, teléfonos, energía— acumulados por generaciones de argentinos. Y produjo, como reacción, el desastre de la Alianza. Los progres argentinos —muchos de los que después se entusiasmarían con el kirchnerismo (véase «Progresismo», pág. 241)— habían votado a uno de los animales más contrahechos de esa larga historia de contrafácticos que es la política patria. Sus representantes, ensoberbecidos por un par de pequeños triunfos electorales, impacientes por llegar al gobierno sin tomarse el trabajo de construir una opción y un programa de gobierno, decidieron unirse a un abogado católico conservador en una fórmula electoral que sólo aparecía cohesionada por la promesa de una gestión «honesta» frente a la corrupción menemista: fue un gran momento de eso que algunos llamamos «honestismo» (véase pág. 169).
El gobierno de la Alianza duró dos años, y en ningún momento se entendió qué estaba haciendo. El doctor De la Rúa se había encaramado con la promesa de acabar con el peronismo de los noventa a través de una administración honrada y razonable, y había terminado perdiendo a su segundo Álvarez en una corruptela y convocando al primer neoliberal Cavallo para conducir la economía y, corralito mediante, había regalado a los bancos el dinero de millones. Y para colmo había intentado, en su manotazo de ahogado borrachín, recuperar el control matando a docenas de argentinos. Lo sabemos: tras su fuga tragicómica vinieron los cinco presidentes, la sarta de errores y mentiras, el desastre económico, la sensación —devenida certeza— de que ninguno de los supuestos representantes representaba más a nadie. Y todo era un caos: eran los días en que nadie sabía qué pasaría unos meses más tarde, en que Ezeiza rebosaba de fugitivos que escupían antes de dejar la patria «para siempre», en que la circulación económica parecía a punto de ser reemplazada por el trueque, en que más de la mitad de la población había caído bajo la línea de pobreza.
Llegó entonces el gran sobresalto de la democracia argentina. Por primera vez en casi dos décadas, el miedo a la alternativa dejó de tener sentido: de pronto, en esos días de enero, pareció que nada podía ser mucho peor que lo que había. Veinte años de delegación habían producido un país al borde del abismo. Con la democracia no se comía, no se curaba, no se educaba. Y el fenómeno era —con sus variantes—continental: en esos días, una encuesta del PNUD —Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo— decía que el 54,7% de los latinoamericanos «apoyaría a un régimen autoritario si resolviera sus problemas económicos». (Aunque aquella encuesta, como todos los discursos públicos democratistas, dividía al mundo posible en democracia y dictadura, sin plantear ninguna otra posibilidad: otra vez la misma trampa. Cuando una encuesta o un debate propone la dicotomía entre dictadura y democracia está tratando de establecer que no hay otras opciones. Que esas dos posibilidades son todo el universo. Y yo creo que las dos son grados de la misma idea: que el poder se delega, que el pueblo no gobierna ni delibera sino a través de quienes lo representan más o menos, por elección o por imposición: que la delegación del poder es la base de todo el mecanismo.)
La encuesta también decía que el apoyo a la democracia era mayor entre las capas «con más educación» —los más ricos, los que pueden permitirse el lujo de elegir un régimen político a partir de sus convicciones y no de su pancita. En cualquier caso, en la Argentina, la crisis se presentó sobre todo como el hartazgo frente a esa forma de la delegación, frente al engaño de sus políticos, frente a la idea de ser representados por representantes que sólo se representaban a sí mismos.

Recuerdo esos días tan extraños en que miles y miles cantaban que se vayan todos —siendo todos, por supuesto, todos los políticos— e imaginaban que estaban imaginando otras formas de vivir en un país. Eran días sorprendentes, intensos, en que muchos nos equivocamos pensando que estábamos a punto de algo nuevo. Yo, en mi error, llegué a armar un libro que se llamaba Qué País, donde postulaba que lo más importante de esa agitación era que habíamos recuperado la vieja pregunta por el país que queríamos, por el futuro. Y no de un modo teórico, sosegado, sino por mera necesidad: porque veíamos cómo se hundía el que teníamos, y era indispensable tratar de pensar otro (véase «Futuro», pág. 378).
Fueron los días de miles y miles en la calle, los días de las asambleas, de la inquietud de millones que veían que su país se derrumbaba, y sus vidas con él; los días de la inquietud de unos pocos que habían hecho muy buenos negocios en esos años democráticos, y que empezaron a temer lo que podría pasar si el tótem se caía. Durante unos meses, los poderosos argentinos intentaron todas las formas posibles de recuperación de su lugar: de su poder. Era obvio que tendrían que conceder un poco: el clamor era demasiado fuerte como para ignorarlo.
Sabemos que las experiencias diferentes de esos días no llegaron muy lejos. Ahora podemos pensar la crisis de 2001 como la versión local de ese formato inaugurado por la caída del Muro, en que una comunidad decide sacudirse un régimen sin tener un proyecto de reemplazo. No es una revolución sino una revuelta: el estallido sin más programa que acabar con un poder y «recuperar» unas libertades supuestamente perdidas, sin más precisiones. Un estallido que después deja en otras manos el manejo del resultado del vacío que acaba de crear —como pasa, estos días, en Túnez, en Egipto, en el resto de África del Norte.
Entonces, el intento asambleario no funcionó por varias razones: primero, supongo, porque nadie sabía bien cómo hacerlo; después, porque los pequeños partidos de la izquierda más conservadora se empeñaron en copar la novedad y reducirla a sus viejos esquemas; y, con el transcurso de los meses, porque los argentinos mostramos una vez más que somos impacientes y levemente frívolos y, al no ver resultados inmediatos, perdimos el interés por el asunto. O, mejor: nos asustamos y empezamos a buscar un papá bueno, uno que no fuera como todos, o sea: a creer que el problema no era el mecanismo de la delegación sino las personas en las que delegábamos. Que toda la culpa, una vez más, era del chancho o, mejor dicho, la piara.

jueves, 14 de julio de 2011

La ducha fría de la realidad




La Guerra Cultural de Fito, Galasso, Forster, Andrés Rivera, Horacio González y Aníbal.

                                                                                             


“Perder no es grave, el problema es la cara de b…que te queda”.
Vernet



Tío Plinio querido,
Como jefe de campaña de Macri, el cantante Fito Páez resulta más competente que Aníbal, El Premier.
Pero aparecen, de pronto, dos competidores. El novelista Andrés Rivera y el historiador Norberto Galasso. Para defenderlo.
Al asco que siente Fito, hacia la mitad de los porteños que cometieron la atrocidad de votar a Macri, debe sumarse la pena conmovedora que siente Norberto Galasso. Por la misma mitad. Asco más pena.
Se suman, también, los firuletes argumentales del crítico-funcionario Horacio González. Resultan tan inquietantes como las vacilaciones elaboradas del pensador Ricardo Forster.
Después de haberse dado la ducha, indeseablemente fría, de la realidad, ambos -González y Forster- merecen ensayar el consuelo espiritual.
Las líneas inspiradas que emanan, tío Plinio querido, del dramatismo de otra Carta Abierta.
Para esclarecimiento del sector decente de la sociedad.
Lo de Andrés Rivera, en cambio, es menos desopilante que el asco de Fito, el “moderado”, y la pena de Galasso.
Es una barbaridad teórica.
Para interpretar la debacle de Filmus, sostiene Rivera que Buenos Aires se encuentra “atravesada por el fascismo”.
Resulta perdonable tanta incomprensión del fascismo.
Rivera le falta -al fascismo-, el respeto.

Los indignados
Se asiste, tío Plinio querido, a los primeros escarceos de una Guerra Cultural. Provocada, unilateralmente, desde el bando de los indignados.
Una manga de presentables, intelectualmente frívolos. Se muestran indignados. Como los que se amontonaron en la Puerta del Sol. España.
Nuestros indignados fueron sólo vencidos en una pugna electoral.
No soportan, ni digieren, las imágenes del triunfo democrático del adversario. Las toman como ofensivamente burlonas. Insultantes. Humillantes.
Es la reacción hormonal, sin contención, de los indignados, ante el espectáculo eufórico de la victoriosa “ideología a-ideológica
Los kirchneristas, cristinistas, o meramente antimacristas, que se enojan, deberían recordar aquella máxima del filósofo positivista J.M. Vernet:
“Perder no es grave, el problema es la cara de b…que te queda”.

El error de la derrota
El error de la derrota es claramente perceptible, tío Plinio querido, en el rostro triste de Filmus. El Psicobolche Nostálgico.
Pero Filmus exhibió una reacción infinitamente más racional. Aguantó el deseo de descalificar a los porteños, que se equivocaron por no votarlo.
Tampoco reaccionó del todo mal Tomada, El Enternecedor. Apenas elaboró tonterías conceptuales.
Aunque se les notara, en los entresijos de la mirada grave, que se los habían roto.
Con virulencia, a los dos. Con la explícita crueldad de los votos.
Con generosidad de criterio, deben entenderse las manifestaciones negacionistas. Son espejos de la impotencia.
La sorpresa, por la inesperada diferencia abrumadora, fue fuertemente impactante.
Los 20 puntos de distancia se convirtieron, tío Plinio querido, en goleada.
Los kirchneristas entrañables. Los cristinistas gratificados. O los antimacristas por principios, creyeron, lícitamente, en el escenario que les plantearon, con apasionamiento romántico, los combatientes abnegados del Frente Encuestológico para la Victoria.
Pilare
s, tío Plinio querido, de la sociología estomacal.
Así como existe el poeta comprometido, o los cantantes comprometidos con los contratos de la transformación (Fito, Teresa, León o Victor), persiste, también, el sociólogo fervorosamente comprometido con la militancia en el Frente Encuestológico para la Victoria.

Biorritmo
La imagen de Mauricio, con su baile amarillo, resultó intolerable. Indigesta, para los indignados.
Entre globos de colores y saltos de barra brava. Con María Eugenia y Horacito. Con los réprobos Cristián y El Colorado.
Fueron imágenes lo suficientemente agresivas. Legitimaron que los defensores del “modelo” estallaran.
A pesar de todo conviene apostar, estratégicamente, por la indulgencia colectiva. Sin impulsar fusilamientos. Linchamientos. En la Guerra Cultural.
De última, las arcadas, la sensación de asco que confesó Fito, nunca podrán atenuarse con el triunfo de Filmus, en la ilusoria segunda vuelta.
Basta, técnicamente, para salir del paso y disolver el asco, con el recurso de la Hepatalgina.
Co
n treinta gotas de Reliverán.
La reacción, orgánicamente hormonal, de los Fitos, es una consecuencia. Ninguna causa.
Tiene que ver con la adquisición, al contado, del discurso transformador que el kirchnerismo les vende.
Las causas debieran hurgarse entre las estrategias berretas que marcan, en conjunto, los verdaderos “mariscales” de la derrota de Filmus.
Carlitos Zanini, el Ñoño, el Lopecito sin magia. Y Cristina, la abuela dulce del “Vestidito negro”.
La realidad de la caída se impuso, tío Plinio querido, con la impresión de una ducha muy fría. Agua helada sobre los cuerpos excitados. Tibios.
Dígale a tía Edelma que se tiene que anotar, con la Otilia -cada vez más fatal- en la onda cotidiana del biorritmo.
Le marcan, con rigor, los tres niveles del funcionamiento.
El nivel intelectual, el físico, y el emotivo.
El biorritmo, dígale, acierta siempre. Si se prende lo va a tener, en su correo, gratis. Cuando arranca el día.

Jorge Asís Digital